La OTAN se rompe

Trump aprieta por Groenlandia: OTAN se resquebraja y estalla la crisis en Irán

La presión de Washington sobre el Ártico, las grietas dentro de la alianza atlántica y la represión en las calles iraníes dibujan un mapa de inestabilidad encadenada

June 3, 2024, Tehran, Iran: Iranian Supreme Leader Ayatollah ALI KHAMENEI speaks during a ceremony marking the 35th death anniversary of the Islamic Republic's founder Ayatollah Ruhollah Khomeini, at his mausoleum just outside Tehran.,Image: 878615289, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Iranian Supreme Leader'S Office / Zuma Press / ContactoPhoto
June 3, 2024, Tehran, Iran: Iranian Supreme Leader Ayatollah ALI KHAMENEI speaks during a ceremony marking the 35th death anniversary of the Islamic Republic's founder Ayatollah Ruhollah Khomeini, at his mausoleum just outside Tehran.,Image: 878615289, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Iranian Supreme Leader'S Office / Zuma Press / ContactoPhoto

El arranque de 2026 ha puesto negro sobre blanco algo que muchos analistas llevaban años advirtiendo: las crisis geopolíticas ya no estallan de forma aislada, sino que se alimentan unas a otras. Mientras Washington vuelve a poner el foco en Groenlandia y su valor estratégico en el Ártico, la OTAN exhibe fisuras inéditas desde la Guerra Fría y Irán arde en protestas contra un régimen que responde con balas y apagones digitales.
La Casa Blanca insiste en que la compra o el control reforzado de la isla sigue “sobre la mesa”, desafiando a Dinamarca y al resto de socios europeos que se aferran al derecho internacional. En paralelo, en Teherán se cuentan decenas de muertos y miles de detenidos en apenas unos días, mientras el Gobierno corta internet para intentar ahogar el descontento.
Lo que a primera vista parecen tres historias desconectadas —Groenlandia, OTAN, Irán— tiene un hilo conductor: la pugna por el poder y la seguridad en un mundo que ha dejado de ser predecible. Y el riesgo es evidente: que este inicio de año se convierta en el prólogo de un cambio profundo en las alianzas que han sostenido el orden global durante décadas.

Groenlandia, la isla remota que quiere comprar Washington

Durante años, Groenlandia fue, para muchos, poco más que hielo, pesca y bases perdidas en el mapa. Hoy, es una de las piezas más codiciadas del tablero. La administración Trump ha vuelto a dejar claro que considera la isla una “joya estratégica” y que la idea de adquirirla —o, en su defecto, de reforzar su control militar— no ha desaparecido.

El argumento oficial combina defensa y geografía: Groenlandia es una plataforma ideal para radares de alerta temprana, sistemas antimisiles y despliegues aéreos que cubran el Atlántico Norte y el acceso al Ártico. En un contexto en el que el deshielo abre nuevas rutas marítimas y facilita el acceso a recursos minerales, controlar esa franja no es un capricho, sino una apuesta de largo plazo.

Para Dinamarca, sin embargo, la oferta roza lo inaceptable. No se trata solo de orgullo nacional. Ceder, vender o trocear Groenlandia sería abrir la puerta a la mercantilización de la soberanía. Para la UE, además, significaría aceptar que un aliado pueda alterar fronteras de facto con un simple cheque. De ahí las respuestas tajantes: “Groenlandia no está en venta” y su estatus solo puede discutirse dentro del marco del derecho internacional.

El Ártico como nuevo tablero de guerra fría

La pugna por Groenlandia evidencia una realidad incómoda: el Ártico se ha convertido en el nuevo Mediterráneo geopolítico. Rusia ha multiplicado sus bases y rompehielos armados en la zona; China se autodefine ya como “Estado cercano al Ártico” y busca presencia económica y científica; Estados Unidos intenta recuperar terreno tras años de relativa inercia.

Controlar el Ártico significa influir sobre hasta un 25% de las reservas de hidrocarburos aún por explotar, sobre nuevas rutas marítimas que pueden recortar en un 30%-40% los tiempos de transporte entre Asia y Europa, y sobre posiciones clave para sistemas de defensa y escucha electrónica. Groenlandia está en el centro exacto de ese triángulo.

La insistencia de Washington en reforzar su papel allí no solo inquieta a Moscú y Pekín. En Europa, muchos ven el riesgo de que el Ártico se convierta en zona de fricción permanente, con ejercicios militares cada vez más agresivos, vuelos de bombarderos estratégicos y una carrera por desplegar más y mejores sensores. El clima de “guerra fría congelada” que algunos creían haber dejado atrás vuelve a asomar bajo el hielo.

Bruselas
Bruselas

Una OTAN que ya no habla con una sola voz

En este contexto, la reacción dentro de la OTAN ofrece una radiografía preocupante. Por un lado, Francia, Alemania o Canadá han defendido con firmeza la soberanía danesa, recordando que ninguna iniciativa unilateral sobre Groenlandia puede ignorar ni el derecho internacional ni a la propia población groenlandesa. Por otro, algunos socios del Este, más dependientes de la protección directa de Washington, observan con cierta ambivalencia la disputa.

Las grietas son visibles. Mientras una parte de la alianza reclama coherencia jurídica y respeto entre socios, otra teme que contradecir abiertamente a Estados Unidos pueda traducirse en tensiones en otros frentes, desde el despliegue de tropas hasta el reparto de cargas de defensa. El resultado es una OTAN en la que los comunicados oficiales hablan de unidad, pero los pasillos destilan recelos.

La cuestión de fondo es si la alianza está preparada para gestionar un socio dominante dispuesto a plantear operaciones y compras territoriales incluso contra la opinión de otros miembros. La respuesta, de momento, es incierta. Y la sensación de que el vínculo transatlántico ya no es tan automático como antes gana peso en capitales europeas.

El coste político de la fractura transatlántica

La disputa por Groenlandia es solo el síntoma más visible de una fractura transatlántica en cámara lenta. Las diferencias sobre gasto militar —con Estados Unidos exigiendo que sus socios alcancen y superen el umbral del 2% del PIB— se han cruzado con choques sobre comercio, regulaciones tecnológicas y, ahora, soberanía territorial.

Para Europa, el mensaje es incómodo: no puede depender indefinidamente de la protección militar estadounidense mientras sus intereses económicos y normativos divergen cada vez más. De ahí la insistencia creciente en conceptos como “autonomía estratégica” o “capacidad de defensa europea”, que hasta hace pocos años sonaban a debate teórico y hoy se convierten en necesidad práctica.

El riesgo, si la brecha no se gestiona con cuidado, es doble. Por un lado, una OTAN más débil y sometida a tensiones internas envía señales de oportunidad a Rusia y China. Por otro, una UE que intenta reforzar su propio músculo defensivo sin duplicar estructuras puede chocar con Washington sobre quién manda realmente en el flanco europeo. Groenlandia es solo el primer aviso de una discusión que irá a más.

Irán en ebullición: economía al límite y calles en llamas

Mientras el Atlántico Norte se recalienta geopolíticamente, Irán vive una de las oleadas de protesta más intensas de los últimos años. Las manifestaciones, alimentadas por la combinación de inflación asfixiante —con tasas que se mueven en torno al 40%—, salarios estancados y hartazgo ante la corrupción, se han extendido por decenas de ciudades.

Los reportes hablan de decenas de muertos y cientos, si no miles, de detenidos en pocos días. La población joven, que representa más del 60% del país, encabeza muchas de las marchas, con consignas que ya no se limitan a reclamar reformas económicas, sino que cuestionan abiertamente la continuidad del régimen. El clima recuerda a otras oleadas anteriores, pero con una intensidad más sostenida y un contexto internacional más volátil.

La respuesta de Teherán ha seguido el manual conocido: despliegue masivo de fuerzas de seguridad, uso de munición real en algunos puntos y acusaciones de “interferencia extranjera” para explicar la magnitud de las protestas. Washington, por su parte, ha aprovechado para amenazar con nuevas sanciones y advertir al Gobierno iraní de que “pagará un precio” si continúa la represión.

Internet, apagado: el nuevo instrumento de control

Uno de los elementos más inquietantes de esta crisis es la forma en que el régimen iraní ha usado el acceso a internet como arma de control político. En cuestión de horas, las autoridades han impuesto restricciones severas: cortes totales en algunas regiones, ralentización deliberada de redes móviles y bloqueos selectivos a plataformas de mensajería y redes sociales.

El objetivo es evidente: romper la coordinación entre manifestantes, impedir que circulen vídeos de la represión y controlar el relato hacia dentro y hacia fuera del país. Pero el efecto puede ser el contrario. En una sociedad donde millones dependen de la red para trabajar, estudiar y comunicarse con la diáspora, cada apagón digital se percibe como un castigo colectivo que alimenta aún más el resentimiento.

Desde fuera, los cortes de internet generan también un problema añadido: la opacidad informativa. Con menos imágenes y testimonios directos, la comunidad internacional tiene más difícil calibrar la magnitud real de la represión y reaccionar con rapidez. El resultado es un espacio gris donde el régimen gana margen para endurecer su respuesta sin el mismo nivel de escrutinio que en otras crisis recientes.

Greenland cc pexels-denis-ovsyannikov-1411283-3670415
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Washington entre Groenlandia e Irán: dos frentes, una misma lógica

Aunque se desarrollen a miles de kilómetros, la presión sobre Groenlandia y la crisis iraní tienen algo en común: revelan una Casa Blanca que privilegia la demostración de fuerza como herramienta central de su política exterior. En el Ártico, se traduce en un pulso por bases, radares y potenciales adquisiciones territoriales. En Oriente Medio, en amenazas de golpear “muy duro” a Teherán si continúa la represión.

Esta lógica le permite a Washington presentarse, puertas adentro, como garante de la seguridad nacional y del liderazgo global estadounidense. Pero también le obliga a gestionar un número creciente de frentes abiertos, con costes diplomáticos, militares y económicos. Mantener tensiones elevadas en el Ártico, el Golfo Pérsico y el Caribe al mismo tiempo es una ecuación que tensiona recursos y alianzas.

Para los aliados, la pregunta es inevitable: ¿hasta qué punto es sostenible acompañar esa agenda sin quedar arrastrados a escaladas no deseadas? Para los adversarios, la lectura es otra: cada nuevo foco de tensión puede ser una oportunidad para desgastar a Estados Unidos o para fortalecer acuerdos alternativos, como los que Irán mantiene con Rusia o China.

Contención inestable o salto al vacío

A partir de aquí, se dibujan dos grandes escenarios. En el primero, la tensión se contiene dentro de ciertos márgenes: no hay compra ni ruptura abrupta sobre Groenlandia, la OTAN gestiona sus diferencias sin fractura abierta y las protestas en Irán son reprimidas pero no desembocan en un colapso del régimen. El precio sería un mundo más inestable, pero sin cambios bruscos en las alianzas.

En el segundo, más arriesgado, alguno de los frentes se desborda: una crisis diplomática mayor entre Estados Unidos y sus socios europeos por el Ártico, una escalada violenta en Irán que arrastre a potencias regionales o una combinación de ambas que obligue a elegir bandos. En ese escenario, las reglas de juego de las últimas décadas podrían saltar por los aires.

Lo que el inicio de 2026 deja ya claro es que las crisis de Groenlandia, la OTAN e Irán no son compartimentos estancos. Se cruzan, se condicionan y conforman un paisaje en el que la palabra “estabilidad” suena cada vez más lejana. Y en ese paisaje, la capacidad de los actores para contener sus impulsos y renunciar a movimientos maximalistas será lo que marque la diferencia entre una tormenta pasajera y un cambio de era.

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