China impulsa la ofensiva de Turquía para entrar en los BRICS en 2026

Ankara redobla su pulso para ser el primer país de la OTAN en el bloque mientras Pekín la ve como puente estratégico entre Oriente y Occidente

Fotografía en alta definición que muestra la bandera de Turquía ondeando con la ciudad de Estambul de fondo, simbolizando la aspiración del país hacia una integración internacional más amplia.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
China impulsa la ofensiva de Turquía para entrar en los BRICS en 2026

La maniobra no es menor. Sería el primer país de la OTAN que se integra en un grupo liderado de facto por China y Rusia, con una agenda explícita de desdolarización y mayor autonomía financiera para el llamado Sur Global. Y, en esta ocasión, Ankara no llega sola: Pekín se ha convertido en su aliado clave, un patrocinio que puede cambiar el desenlace de la jugada.

Sobre el horizonte se recorta la cumbre prevista en Nueva Delhi, llamada a convertirse en escenario decisivo. El club, que ya agrupa a una parte creciente del PIB y de la población mundial, deberá decidir si abre sus puertas a un socio que es, al mismo tiempo, aliado militar de Estados Unidos y pieza central en el tablero euroasiático.

De fondo, una pregunta sencilla pero incómoda: ¿hasta dónde puede estirarse la cuerda entre Turquía y sus socios occidentales sin llegar a romperse si Ankara cruza el umbral BRICS?

Un club en expansión que desafía al orden financiero

Lo que nació como un acrónimo de economías emergentes se ha transformado en un bloque político y financiero con ambiciones sistémicas. A los cinco miembros fundadores —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— se han sumado en los últimos años nuevos socios hasta conformar un grupo ampliado que ya concentra en torno al 28% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo y casi la mitad de la población del planeta.

La estrategia es clara: construir una red de cooperación que permita reducir la dependencia del dólar en el comercio, la financiación y las reservas, impulsando el uso de monedas locales y de instrumentos propios, como el Nuevo Banco de Desarrollo. Paralelamente, el bloque promueve foros de coordinación política que aspiran a convertirse en contrapeso a las instituciones de Bretton Woods y al G7.

Hoy, al menos 23 países han presentado solicitudes formales de adhesión, y la lista de interesados ronda la cuarentena. La expansión no es solo cuantitativa: cada nuevo miembro añade masa crítica y diversidad geopolítica. En ese mapa, la entrada de Turquía tendría una carga simbólica enorme: por primera vez, un aliado militar de Estados Unidos se sumaría a un grupo que cuestiona abiertamente la hegemonía occidental.

De la candidatura fallida de 2024 al horizonte de 2026

Turquía ya probó suerte en 2024, con una candidatura que naufragó rápidamente. Entonces, las reticencias internas del bloque —con India a la cabeza— frenaron un movimiento visto como demasiado disruptivo para un club aún en fase de redefinición. Las dudas sobre el papel de Ankara en conflictos regionales, su relación con Pakistán y sus tensiones recurrentes con Occidente bastaron para bloquear el consenso.

Lejos de renunciar, el presidente Recep Tayyip Erdogan ha optado por redoblar la apuesta. El nuevo objetivo es 2026, año en el que la agenda de ampliación volverá al primer plano. Esta vez, la ofensiva llega acompañada de una diplomacia mucho más enfocada: Ankara ha decidido trabajar país por país, con especial intensidad en la relación con Pekín, para evitar que un solo veto vuelva a frustrar su aspiración.

El contexto internacional también ha cambiado. La expansión reciente de los BRICS ha roto el carácter casi exclusivo del club y ha dejado claro que el bloque está dispuesto a crecer, incluso a riesgo de aumentar su heterogeneidad interna. Para Turquía, este momento de fluidamente es una oportunidad: presentarse como “bisagra euroasiática” que conecta Mediterráneo, mar Negro, Cáucaso y Oriente Medio, en un momento en el que esas regiones están en el centro de todas las crisis.

China, la llave de la puerta BRICS

En este tablero, China es la pieza imprescindible. Pekín ve en Turquía algo más que un socio comercial: la considera un puente estratégico entre Oriente y Occidente, con acceso a rutas energéticas críticas, infraestructuras clave y mercados que combinan Europa, Oriente Medio y Asia Central.

La diplomacia turca lo ha entendido perfectamente. Los últimos meses han estado marcados por contactos intensos con la dirigencia china, tanto en foros multilaterales como en visitas bilaterales. El mensaje es nítido: sin el paraguas de Pekín, la entrada de Turquía es improbable; con él, la ecuación cambia. China, a su vez, obtiene una doble ganancia. Por un lado, refuerza el perfil global de los BRICS con un miembro de la OTAN. Por otro, introduce una cuña adicional en el bloque occidental, mostrando que puede atraer a socios que hasta ahora orbitaban en torno a Washington y Bruselas.

Esta colaboración se apoya en dos pilares. El primero, económico: proyectos vinculados a la Nueva Ruta de la Seda, inversiones en energía, logística y transporte, y acuerdos financieros crecientes. El segundo, político: un diálogo en el que Turquía se ofrece como interlocutor privilegiado en el Mediterráneo oriental, el Cáucaso y el mar Negro, espacios clave para la proyección global china.

Erdogan entre la OTAN, la UE y el bloque del Sur global

La ofensiva BRICS encaja con la trayectoria de Erdogan, marcada por una política de equilibrio inestable entre Occidente y los polos emergentes. Turquía sigue siendo un miembro central de la OTAN, con un ejército clave en el flanco sur y una posición geográfica estratégica. Pero, al mismo tiempo, ha cultivado vínculos estrechos con Rusia, China y las monarquías del Golfo, moviéndose en un espacio cada vez más propio.

Entrar en los BRICS consolidaría esa deriva hacia una “autonomía estratégica turca”, pero no sin costes. En Washington y en varias capitales europeas, la maniobra se percibiría como un salto cualitativo en la distancia política: Ankara pasaría a sentarse de forma estable en un foro donde la agenda incluye rediseñar normas financieras, cuestionar sanciones occidentales e impulsar alternativas al dólar.

Para Bruselas, la jugada complicaría todavía más un expediente ya congelado: la adhesión de Turquía a la UE está en vía muerta, pero la unión aduanera, el comercio y la cooperación en migración y seguridad siguen siendo esenciales. Un Turquía-BRICS obligaría a recalibrar esa relación sobre bases más pragmáticas y menos alineadas en términos de valores.

La motivación económica: financiación y desdolarización

Más allá de la geopolítica, Ankara persigue beneficios muy tangibles. La economía turca arrastra años de alta inflación —con tasas que han superado el 50% y que aún se sitúan en niveles de doble dígito—, una lira débil y un coste de financiación elevado. En este contexto, acceder a fuentes alternativas de crédito y reducir la dependencia del dólar y del euro se ha convertido en prioridad.

La pertenencia a los BRICS —o, al menos, un estatus reforzado de socio— abriría la puerta a mayor participación en proyectos del Nuevo Banco de Desarrollo, financiación en condiciones más flexibles para infraestructuras, energía o transporte, y una agenda de pagos en monedas locales que podría aliviar parte de la presión sobre la balanza de pagos.

Además, alinearse con un bloque que promueve la desdolarización progresiva encaja con los esfuerzos de Turquía por diversificar sus relaciones financieras. Operar más en liras, yuanes o monedas regionales, aunque no sea una panacea, ofrece ciertos márgenes frente a sanciones, subidas de tipos en Estados Unidos o episodios de volatilidad del dólar.

Fragilidades internas: inflación, malestar social y necesidad de relato

La jugada BRICS se produce, además, en un momento de debilidad interna. La economía turca sigue sometida a una presión inflacionista que erosiona el poder adquisitivo de la clase media, con incrementos de precios alimentarios que han llegado a multiplicar por diez las tasas de la eurozona. La lira acumula años de depreciación y la necesidad de atraer capital extranjero sigue siendo acuciante.

En paralelo, el país vive una polarización política intensa, como mostraron las protestas masivas tras decisiones controvertidas en el ámbito interno. Cada episodio de tensión se traduce en fuga de capitales, caídas bursátiles de dos dígitos y aumento del coste de refinanciación. En ese marco, el relato de una Turquía que se sienta en la mesa de las grandes potencias emergentes funciona también como herramienta de cohesión interna y de proyección de grandeza nacional.

La pregunta es si el ciudadano de a pie percibirá de forma directa los beneficios de un eventual salto a los BRICS —más inversión, empleo, estabilidad de precios— o si, por el contrario, lo verá como otro gesto de política exterior desconectado de sus problemas cotidianos.

La unanimidad como obstáculo y la cumbre de Nueva Delhi

El reglamento BRICS impone una condición férrea: toda ampliación exige unanimidad. Basta con que uno de los miembros diga “no” para que la candidatura quede bloqueada. En 2024, todo apuntó a que fue India quien utilizó ese veto de facto. Sus recelos no han desaparecido: Nueva Delhi sigue viendo con preocupación la relación de Ankara con Pakistán y algunas de sus posiciones en conflictos regionales.

Sin embargo, la presidencia india de la cumbre de 2026 añade matices. India no quiere que los BRICS se perciban como un instrumento exclusivamente al servicio de Pekín, y podría estar dispuesta a negociar condiciones o contrapartidas que suavicen su posición. Aun así, la posibilidad de que vuelva a cerrar la puerta no es descartable.

En este marco, gana peso la hipótesis de vías intermedias: reforzar el estatus de Turquía como socio, integrarla en proyectos concretos, darle voz en ciertos foros del bloque, pero posponer la membresía plena hasta que las resistencias se diluyan. Sería una fórmula para señalar su importancia sin forzar una decisión que pueda fracturar internamente al club.

Qué se juega el orden global si Turquía entra en los BRICS

Si Ankara lograra finalmente su objetivo, el impacto iría mucho más allá de las siglas. La entrada de un miembro de la OTAN en los BRICS rompería una barrera psicológica: mostraría que las fronteras entre “clubes” ya no son tan nítidas y que países de tamaño medio-grande pueden jugar en varios tableros a la vez.

Para el bloque emergente, sería una victoria simbólica y estratégica: suma de peso económico, puerta directa al Mediterráneo y mensaje de que su influencia ya no se limita al Sur Global clásico, sino que penetra en el corazón de las alianzas occidentales. Para Estados Unidos y la UE, obligaría a repensar los incentivos y los costes de su relación con Ankara, así como la capacidad de Occidente para ofrecer alternativas atractivas a socios que buscan más margen de maniobra.

En definitiva, la ofensiva turca para entrar en los BRICS es algo más que un episodio de diplomacia económica. Es un síntoma de cómo se reconfigura el poder en el siglo XXI, con países que se niegan a elegir un solo bando y bloques emergentes dispuestos a aprovechar cada grieta en el viejo orden. El veredicto de 2026 dirá si Turquía consigue su objetivo… o si el club de los BRICS prefiere, por ahora, mantener a la puerta al primer aliado de la OTAN que llama con insistencia.

Comentarios