Los futuros del Nasdaq se hunden un 0,5% por el “miedo” a la IA
Los futuros de Wall Street han amanecido en rojo este martes tras el paréntesis de Presidents’ Day. A las 4:20 de la madrugada en la Costa Este, el contrato del Nasdaq 100 caía alrededor de un 0,51%, el del S&P 500 retrocedía un 0,16% y el futuro del Dow Jones se mantenía prácticamente plano. Los movimientos son modestos, pero llegan después de varias sesiones marcadas por un nuevo fantasma: el miedo a una disrupción masiva provocada por la inteligencia artificial en sectores tan diversos como el inmobiliario, el transporte por carretera o los servicios financieros. Al mismo tiempo, el mercado entra en una semana cargada de referencias: el viernes se publica el índice de precios de gasto en consumo personal (PCE), el indicador de inflación favorito de la Federal Reserve, y mañana miércoles se conocerán las actas de su última reunión.
Un arranque frío tras el puente de Washington
El retorno del festivo llega con un tono de clara consolidación. Tras marcar máximos históricos en las últimas semanas —con el S&P 500 por encima de los 6.900 puntos y el Dow Jones sobre los 50.000, niveles nunca vistos hasta este año— el mercado estadounidense se toma un respiro. La corrección no es dramática, pero sí significativa: los futuros descuentan una apertura a la baja en tecnología y crecimiento, mientras los sectores defensivos muestran un comportamiento algo más sólido.
El contexto importa. En los últimos doce meses, el gran índice de la bolsa estadounidense ha logrado una revalorización cercana al 13%, pero en 2026 avanza prácticamente en tablas, con un retorno acumulado en torno al -0,02% hasta mediados de febrero. La consecuencia es clara: cualquier señal de fatiga en los beneficios o de aceleración de la inflación se amplifica en un mercado que llega caro y muy exigente con las expectativas. El día posterior a un puente suele registrar volúmenes más reducidos, pero esta vez la atención está puesta en si el nerviosismo en torno a la IA se convierte en una fase de corrección más estructural.
El miedo a la disrupción de la IA se extiende por sectores clave
Lo que empezó como una recogida de beneficios en las grandes compañías de software se ha transformado en algo más profundo. En las últimas sesiones, varios episodios de ventas fuertes —con caídas superiores al 1,5% en el S&P 500 y descensos aún mayores en valores tecnológicos— han sido atribuidos por los analistas a un mismo detonante: el temor a que la inteligencia artificial destruya valor neto en sectores que, hasta ahora, se veían como ganadores o al menos neutrales.
Informes de bancos de inversión y casas de análisis describen un patrón emergente: los inversores empiezan a diferenciar entre quienes controlan la infraestructura de la IA —fabricantes de chips, grandes plataformas de nube— y quienes pueden ver sus modelos de negocio erosionados por automatización agresiva o competencia de nuevos entrantes. Lo más grave, según una gran gestora estadounidense, es que “la IA ya no se percibe sólo como un motor de productividad, sino como un posible catalizador de deflación salarial y presión sobre márgenes”. Este cambio de narrativa, sutil pero poderoso, está detrás de la creciente volatilidad de los últimos días.
Real estate, camiones y banca: los primeros damnificados
Entre los sectores más señalados por los informes figuran el inmobiliario comercial, el transporte por carretera y determinados nichos de servicios financieros. En real estate, los temores se superponen: oficinas todavía con altas tasas de desocupación, refinanciaciones más caras por los tipos elevados y ahora la amenaza adicional de que la IA reduzca las necesidades de espacio físico para equipos administrativos y de soporte. En el transporte, los avances en conducción autónoma y optimización algorítmica de rutas alimentan dudas sobre la rentabilidad futura de parte de la flota tradicional.
En banca y servicios financieros, los modelos de negocio basados en grandes plantillas de back-office y atención al cliente se encuentran bajo escrutinio. Chatbots avanzados, análisis automatizados de riesgo y herramientas de inversión asistida por IA pueden mejorar la eficiencia, pero también recortar comisiones y cambiar el equilibrio de poder entre entidades y clientes. Este hecho revela una paradoja: las entidades que no invierten lo suficiente en IA corren el riesgo de quedarse atrás, pero las que lo hacen pueden disparar las expectativas de recortes de empleo y presión regulatoria. La consecuencia es un castigo bursátil que se ha extendido desde el software hacia compañías de “economía real” que hasta hace poco se consideraban relativamente protegidas.
Un mercado caro que mira de reojo a la inflación
A este cóctel se suma un factor clásico: la inflación y, con ella, los tipos de interés. A pesar de la volatilidad reciente, el S&P 500 acumula un rendimiento de doble dígito en los últimos doce meses, mientras los beneficios por acción no han crecido al mismo ritmo. El diagnóstico es inequívoco: las valoraciones exigen que la desinflación continúe y que la política monetaria empiece a relajarse en los próximos trimestres.
Sin embargo, cada dato de precios que se aleja del objetivo del 2% plantea dudas sobre hasta qué punto la Fed puede bajar el listón sin reavivar presiones inflacionistas. El mercado de bonos descuenta ya varios recortes de tipos en 2026, pero en las últimas semanas esas apuestas se han moderado. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Estados Unidos debate si puede permitirse recortar tipos sin reactivar la inflación, Europa sigue lidiando con un crecimiento anémico pese a un euro más fuerte y expectativas de un ciclo de bajadas más lento de lo deseado.
El PCE del viernes, examen decisivo para la Fed
La gran cita macroeconómica de la semana será el dato de PCE subyacente del viernes. Se trata del indicador de precios que la propia Fed ha señalado reiteradamente como su referencia preferida para calibrar la inflación subyacente, al capturar mejor el comportamiento del consumo real de los hogares estadounidenses. Un registro por encima de lo esperado reabriría el debate sobre si el mercado ha sido demasiado optimista al anticipar recortes de tipos tempranos y agresivos.
Por el contrario, una sorpresa a la baja daría oxígeno a los activos de riesgo y podría permitir una cierta relajación de las tires en la parte larga de la curva. Actualmente, los futuros sobre tipos de interés descuentan en torno a tres recortes de 25 puntos básicos por parte de la Fed de aquí a finales de año, aunque con probabilidades cambiantes casi a diario. El resultado del PCE puede recalibrar esas expectativas en cuestión de horas. En un mercado tan apoyado en pocos nombres de gran capitalización, cualquier cambio brusco en el precio del dinero tiene un efecto multiplicador sobre los índices.
Las actas de la Fed, bajo la lupa de Wall Street
Un día antes del PCE, los inversores conocerán las actas de la última reunión del FOMC. No se esperan grandes sorpresas en cuanto a la decisión —los tipos se mantuvieron sin cambios—, pero sí un escrutinio máximo del lenguaje y de las divisiones internas dentro del comité. Los traders buscarán pistas sobre dos cuestiones clave: hasta qué punto la Fed confía en que la inflación está doblegada y qué tolerancia tiene a una corrección bursátil más profunda si fuese el precio a pagar por consolidar la desinflación.
En este contexto, cualquier señal de preocupación explícita por el impacto de la IA en la productividad o en el mercado laboral podría tener un impacto significativo en la narrativa. Hasta ahora, los discursos oficiales han subrayado sobre todo el potencial de la IA para elevar el crecimiento tendencial, pero la evidencia empírica sigue siendo limitada. Si las actas muestran un comité más dividido, el mensaje implícito será que el margen de error es muy estrecho. Y eso, trasladado a un mercado de acciones con múltiplos elevados, equivale a más volatilidad por delante.
El mensaje del euro y las divisas sobre el apetito por riesgo
En el frente de divisas, el euro se mantiene relativamente estable frente al dólar, en torno a 1,18 dólares por unidad, tras haber ganado más de 13% en los últimos doce meses. Esta fortaleza refleja una combinación de factores: expectativas de tipos algo más altos en la zona euro de lo que se preveía hace un año, mejora relativa de los datos de actividad y cierta pérdida de brillo del billete verde conforme se aproxima el final del ciclo de subidas de la Fed.
Para los inversores globales, este cruce actúa como un termómetro del apetito por riesgo. Un euro fuerte suele asociarse a flujos hacia activos europeos y a una lectura más optimista del ciclo global. Sin embargo, lo más grave para algunas multinacionales estadounidenses es que un dólar más débil erosiona parte de sus beneficios en el exterior cuando se convierten a su moneda doméstica. En un momento en el que la presión competitiva de la IA ya introduce ruido en las previsiones, la volatilidad cambiaria añade una capa extra de incertidumbre a las guías de resultados que las compañías presentarán en los próximos trimestres.

