Washington refuerza su paraguas de seguridad en el mar de China Meridional

EEUU llena Filipinas de misiles y Pekín avisa: “Habrá consecuencias”

El anuncio de Departamento de Estado de EEUU de que Estados Unidos desplegará más sistemas avanzados de misiles y equipos no tripulados en Filipinas supone un salto cualitativo en la carrera por el control del mar de China Meridional. Según el comunicado conjunto difundido tras las conversaciones anuales de la alianza en Manila, ambos gobiernos se comprometen a “incrementar los despliegues de sistemas de misiles de vanguardia y plataformas no tripuladas estadounidenses” en territorio filipino, en respuesta a las “actividades ilegales, coercitivas, agresivas y engañosas” atribuidas a China en las aguas disputadas. La medida consolida a Filipinas como pieza central del dispositivo de disuasión de Washington en el Indo-Pacífico y eleva un escalón más la tensión militar en una región por la que transita aproximadamente un tercio del comercio marítimo global, valorado en unos 3,3 billones de dólares anuales. El movimiento abre también una nueva fase en la modernización acelerada de las fuerzas armadas filipinas, que llevan una década tratando de pasar de la lucha contra insurgencias internas a la defensa de su espacio marítimo frente a un vecino abrumadoramente superior.

EPA/ROLEX DELA PENA
EPA/ROLEX DELA PENA

Un giro militar con mensaje directo a Pekín

El nuevo comunicado bilateral no es un texto más de rutina diplomática. El documento, publicado tras el Diálogo Estratégico Bilateral en Manila, detalla una agenda de defensa para 2026 que incluye más maniobras conjuntas, apoyo financiero y tecnológico para modernizar el ejército filipino y, sobre todo, ese compromiso explícito de aumentar el despliegue de misiles y sistemas no tripulados estadounidenses en suelo filipino.

La elección de las palabras también es significativa. Ambos países condenan las “actividades ilegales, coercitivas, agresivas y engañosas” de China en el mar de China Meridional y subrayan que sus efectos son “adversos” para la estabilidad regional y las economías del Indo-Pacífico y más allá. No se trata solo de una disputa de pescadores o guardacostas: la narrativa oficial enmarca ya el pulso como un riesgo sistémico para el comercio global.

El mensaje de fondo es doble. A Pekín se le recuerda que el Tratado de Defensa Mutua de 1951 sigue plenamente vigente y que cualquier ataque a fuerzas, barcos o aviones filipinos en el Pacífico —incluidas las aguas en disputa— puede activar la respuesta estadounidense. A los aliados de la región, desde Japón hasta Australia, se les ofrece una prueba visible de que Washington está dispuesto a acompañar su discurso con capacidades de fuego real, no solo con declaraciones.

Lo más relevante es que este giro llega después de años de roces casi diarios entre buques chinos y filipinos, de choques con cañones de agua y abordajes en torno a Scarborough y Second Thomas Shoal, y de una creciente sensación en Manila de que la disuasión clásica ya no basta para frenar la presión marítima y paramilitar de su vecino.

Misiles de última generación y drones sobre el corredor del comercio mundial

El comunicado no da cifras ni modelos concretos, pero el contexto reciente permite intuir la dirección. En 2024, Estados Unidos ya desplegó en el norte de Filipinas un sistema de misiles de alcance medio Typhon, capaz de lanzar misiles de crucero Tomahawk con un alcance superior a los 1.000 kilómetros, así como misiles de ataque terrestre de nueva generación. A ello se sumó en 2025 un lanzador de misiles antibuque, ambos probados durante ejercicios conjuntos.

La ampliación anunciada ahora apunta a más baterías, mayor persistencia en el despliegue y una integración estrecha con plataformas no tripuladas —drones aéreos, navales y sistemas de vigilancia autónomos— destinados a cubrir de sensores y vectores de ataque los estrechos por los que circula buena parte del tráfico energético y de contenedores de Asia.

Según estimaciones de centros de estudios marítimos, por el mar de China Meridional transitó en 2016 mercancía por valor de 3,4 billones de dólares, equivalente aproximadamente al 21 % del comercio global de bienes. El dato no ha hecho más que crecer con el auge de las cadenas de suministro asiáticas. En términos prácticos, esto significa que cualquier percepción de que ese corredor se está militarizando a ritmo acelerado puede traducirse en primas de riesgo más altas, rutas más largas y un encarecimiento estructural del transporte marítimo.

Los misiles de alcance medio desplegados en archipiélagos como Filipinas permiten cubrir, en abanico, puntos clave como el estrecho de Luzón, el de Malaca o las rutas hacia el estrecho de Sunda. Para Washington, es una manera de densificar lo que los estrategas llaman la “primera cadena de islas” que rodea a China; para las navieras y aseguradoras, es una nueva variable de riesgo en un mapa ya saturado de cuellos de botella.

Un aliado clave en el flanco más tenso del Indo-Pacífico

Filipinas, con más de 7.600 islas, ocupa una posición geográfica singular: es el puente entre el Pacífico y el mar de China Meridional y, a la vez, un eslabón inmediato frente a Taiwán. Durante años, esa ventaja estratégica estuvo infrautilizada por unas fuerzas armadas centradas en conflictos internos y por gobiernos que oscilaron entre el acercamiento a Washington y la búsqueda de acomodo con Pekín.

El giro llegó bajo la presidencia de Ferdinand Marcos Jr., que ha revertido en buena medida el acercamiento a China de la era Duterte y ha apostado por una política de alianzas múltiples. Filipinas ha firmado acuerdos de acceso de tropas con Estados Unidos, Japón, Australia y Nueva Zelanda, ha ampliado a nueve los emplazamientos militares abiertos a fuerzas estadounidenses y ha intensificado ejercicios conjuntos en aguas cada vez más cerca de los puntos de fricción con China.

En paralelo, Manila ha llevado a arbitraje internacional sus disputas marítimas y se apoya en el fallo de 2016 de La Haya, que invalidó la llamada línea de nueve trazos con la que China reclama la mayor parte del mar de China Meridional. El problema es que Pekín ignora esa sentencia y ha consolidado su presencia con islas artificiales, pistas de aterrizaje y una guardia costera sobredimensionada.

En ese entorno, cada nueva batería de misiles estadounidense desplegada en islas del norte de Filipinas —como Luzón— tiene una lectura interna y externa. Hacia dentro, refuerza la narrativa de que el país ya no está solo frente a la presión marítima china. Hacia fuera, envía la señal de que cualquier intento de coacción sobre Manila se encontraría con un abanico de capacidades de ataque y respuesta mucho más amplio que hace apenas cinco años.

El marco del tratado de 1951 y la línea roja de Washington

El Tratado de Defensa Mutua firmado en 1951 entre Estados Unidos y Filipinas parecía, durante décadas, un vestigio de la Guerra Fría. La nueva estrategia en el Indo-Pacífico le ha devuelto plena relevancia. En los últimos años, Washington ha reiterado que el pacto se aplica a cualquier ataque armado contra fuerzas armadas, embarcaciones y aeronaves filipinas en el Pacífico, incluido el mar de China Meridional.

El incremento de los despliegues de misiles y sistemas no tripulados tiene un efecto directo sobre ese compromiso. Por un lado, hace más creíble la promesa de defensa, al disponer de medios avanzados ya posicionados sobre el teatro de operaciones. Por otro, eleva el coste político de no reaccionar si un incidente grave afecta a activos filipinos o estadounidenses. Cuanto más visibles sean los medios y más integradas estén las cadenas de mando, más difícil será para cualquier administración norteamericana alegar que se trata de un incidente “menor” o periférico.

La consecuencia es clara: el tratado de 1951 se transforma, de facto, en un paraguas que cubre uno de los puntos más delicados de la economía mundial. La combinación de bases, misiles de alcance medio, sistemas antibuque y una red de aliados que incluye a Japón, Australia y, crecientemente, India, está creando un entramado de disuasión que recuerda a los equilibrios de bloques de la Guerra Fría, pero en un entorno económico infinitamente más interdependiente.

Ese marco jurídico-militar convive, además, con otros procesos globales, como el acuerdo de los países de la OTAN para elevar su gasto en defensa hasta el 5 % del PIB en 2035, que refuerzan la idea de que el coste de la seguridad será, en los próximos años, mucho más elevado también para las economías avanzadas.

La respuesta de China y el riesgo de error de cálculo

Pekín ha reaccionado con previsibilidad, pero no por ello con menos contundencia. Las autoridades chinas llevan meses denunciando que la presencia de sistemas Typhon y lanzadores antibuque estadounidenses en Filipinas “amenaza la estabilidad regional” y forma parte de una estrategia para “contener” su ascenso. Han exigido sin éxito que Manila retire esos sistemas.

Al mismo tiempo, China continúa ampliando sus capacidades: desde la construcción de la superportaaeronaves Fujian hasta el despliegue de una guardia costera con barcos cada vez más grandes y mejor armados, pasando por la consolidación de islas artificiales con pistas y radares en los archipiélagos de Spratly y Paracel. Sobre el terreno, esto se traduce en un patrón de “zona gris”: uso de cañones de agua, maniobras peligrosas contra barcos filipinos, bloqueo de resupply en Second Thomas Shoal y anuncios unilaterales de vedas pesqueras o reservas marinas que refuerzan su control de facto.

El riesgo no es tanto una guerra planificada como un error de cálculo en un entorno saturado de barcos, aeronaves y misiles. La presencia simultánea de guardacostas, milicias marítimas, buques de guerra y ahora baterías de misiles de alcance medio multiplica las posibilidades de que un incidente aparentemente menor —un abordaje, una colisión, un disparo de advertencia mal interpretado— escale rápidamente. Y, a diferencia de crisis anteriores, cualquier escalada en esta zona activaría compromisos automáticos de defensa y tendría impacto inmediato en los mercados energéticos y de transporte.

Impacto económico: rutas comerciales, primas de riesgo y carrera armamentística

Detrás del lenguaje jurídico y militar hay una realidad empresarial: el mar de China Meridional es una autopista por la que transita cerca de un tercio del comercio marítimo mundial y hasta el 40 % del petróleo y productos derivados transportados por mar. Un conflicto, incluso limitado, obligaría a desviar parte del tráfico hacia rutas más largas, encarecer seguros y alterar cadenas de suministro que ya operan con márgenes estrechos tras años de disrupciones.

Las aseguradoras de casco y carga ya aplican recargos en zonas catalogadas como de alto riesgo. Cada nuevo incidente en el mar de China Meridional o en estrechos adyacentes alimenta la percepción de que la región se está convirtiendo en un “segundo Hormuz” para Asia. Un aumento sostenido de las primas del 10-20 % para los tránsitos por esas aguas tendría un impacto directo en el coste final de bienes tan dispares como la electrónica de consumo, los fertilizantes o el gas natural licuado.

En paralelo, la región entra en una carrera armamentística de nuevo cuño. Filipinas dedica hoy alrededor del 1,3-1,4 % de su PIB a defensa, pero ya ha anunciado incrementos sostenidos y ha firmado contratos por más de 700 millones de dólares para la compra de cazas y otros equipos, especialmente con Corea del Sur. Estados Unidos presiona para que el esfuerzo crezca aún más, mientras Japón, Australia y Taiwán también elevan sus presupuestos militares hacia el horizonte del 5 % del PIB.

La consecuencia es un flujo creciente de contratos para la industria de defensa, desde misiles y fragatas hasta drones y radares. Para los gobiernos, el dilema es evidente: cada peso o dólar adicional destinado a seguridad es un recurso que no va a infraestructuras civiles, educación o sanidad. El contraste con la retórica de “puentes y carreteras” de hace una década es revelador: el Indo-Pacífico empieza a invertir más en silos de misiles que en puertos comerciales.

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