Washington endurece su pulso con Irán mientras se negocia en Ginebra

EEUU lanza más de 40 cazas al Golfo: “no es un ensayo”

La Fuerza Aérea de Estados Unidos Estados Unidos ha ordenado el traslado urgente de más de 40 cazas F-22 y F-16 desde bases en territorio norteamericano y europeo hacia Oriente Medio. Los movimientos, rastreados en tiempo real por portales de seguimiento aéreo, incluyen al menos una decena de F-22, el avión de combate más avanzado del Pentágono, y más de 30 F-16 de apoyo. El despliegue no se produce en el vacío: coincide con una nueva ronda de negociaciones nucleares entre Washington y Irán Irán en Ginebra Ginebra y con maniobras militares iraníes en el estrecho de Ormuz estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles para la energía global. Lo más relevante no es solo la cantidad de aviones, sino el mensaje: Washington prepara semanas de posibles operaciones militares mientras asegura que sigue apostando por la vía diplomática.

EPA/BONNIE CASH / POOL
EPA/BONNIE CASH / POOL

Un despliegue exprés con mensaje político

Según los registros de plataformas como Flightradar, más de 10 F-22 y alrededor de 30 F-16 han abandonado en cuestión de horas sus bases en Norteamérica y Europa rumbo a aeródromos militares del Golfo. El F-22, un caza furtivo diseñado para dominar el espacio aéreo, no se despliega de forma rutinaria: cada movimiento suele interpretarse como una señal estratégica.

En paralelo a estos vuelos, el Pentágono mantiene en la región al menos un grupo de portaaviones y refuerza su presencia con bombarderos y aviones de vigilancia, dentro de una acumulación de fuerzas que se acelera desde comienzos de año. Lo más grave es que este incremento no se justifica en una operación concreta, sino en un “por si acaso” militar que aumenta la probabilidad de incidentes, errores de cálculo o enfrentamientos limitados.

Este hecho revela una dinámica conocida: cuando la diplomacia entra en una fase decisiva, la Casa Blanca eleva la presión militar para negociar desde una posición de fuerza. “No hay negociación seria sin presión creíble detrás”, repiten fuentes militares estadounidenses desde hace décadas. El problema es que, en un entorno saturado de armas avanzadas y actores armados no estatales, cualquier chispa puede escalar mucho más rápido de lo previsto.

 

 

El tablero de Ginebra: negociaciones bajo presión militar

Mientras despegan los cazas, representantes de Washington e Irán retoman en Ginebra unas conversaciones nucleares mediadas por Omán Omán, con expectativas muy limitadas de éxito. Las posiciones de partida siguen alejadas: Estados Unidos exige límites estrictos y verificables al programa nuclear iraní y quiere incluir el misilístico y la influencia regional de Teherán; la República Islámica, debilitada por sanciones y protestas internas, reclama alivio económico pero rechaza ceder en su capacidad de disuasión.

Los últimos intentos de acuerdo fracasaron tras los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre instalaciones nucleares iraníes en 2025, que dañaron seriamente parte de la infraestructura pero no la eliminaron. Desde entonces, la desconfianza mutua se ha consolidado. Ahora, con una nueva guerra fría regional y un presidente Donald Trump Donald Trump dispuesto a combinar negociación y amenaza, la mesa de Ginebra se ha convertido en el escenario secundario de un pulso que se juega, sobre todo, en el Golfo Pérsico.

La consecuencia es clara: cada concesión que se discute en Suiza tiene como telón de fondo el rugido de los motores de los F-22 y el eco de los misiles de prueba lanzados por los Guardianes de la Revolución en Ormuz. La diplomacia se celebra, pero bajo la sombra de la coerción.

El estrecho de Ormuz, el cuello de botella del petróleo mundial

El foco de las maniobras iraníes no es casual. Por el estrecho de Ormuz transitan unos 20 millones de barriles diarios de crudo y condensados, aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo y cerca de un tercio del comercio marítimo global de crudo. Además, alrededor del 20% del gas natural licuado (GNL) que se comercia internacionalmente también atraviesa este estrecho.

Cuando Irán anuncia ejercicios con fuego real o simula el cierre parcial de la vía marítima, no solo lanza un mensaje militar: también pone en jaque la seguridad energética de Asia, Europa y, en menor medida, de Estados Unidos. Países como Arabia Saudí Arabia Saudí, Emiratos, Kuwait, Irak o Catar Catar dependen de este paso para sacar al mercado la mayor parte de sus exportaciones.

Aunque existen oleoductos alternativos hacia el mar Rojo o el golfo de Omán, su capacidad es limitada: incluso utilizándolos al máximo, seguiría sin poder desviarse más de una cuarta parte de los flujos habituales que cruzan Ormuz. El contraste con otras rutas es demoledor: ningún otro punto del planeta concentra semejante volumen de hidrocarburos en un espacio tan estrecho, de apenas 21 millas en su parte más angosta.

Riesgos para los mercados de energía y la inflación

El efecto sobre los mercados ha sido inmediato, aunque todavía contenido. En las últimas semanas, cada nuevo aviso militar se ha traducido en subidas diarias del 1% al 2% en el precio del Brent, con episodios recientes en los que el barril ha llegado a escalar de 69 a 74 dólares en solo 24 horas tras un aumento de tensiones en la zona.

Lo relevante no es solo el nivel del precio, sino la prima de riesgo geopolítico que se añade a una curva de futuros ya tensionada por los recortes de la OPEP+, la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia. Para las economías importadoras, especialmente las europeas, cada salto de 10 dólares por barril puede suponer entre 0,2 y 0,3 puntos adicionales de inflación a lo largo de un año, según cálculos habituales de bancos centrales y organismos internacionales.

Este hecho revela una vulnerabilidad incómoda: tras dos años de endurecimiento monetario para domar los precios, un nuevo shock energético ligado a Ormuz limitaría el margen de actuación de los bancos centrales. Tendrían que elegir entre tolerar una inflación más alta o volver a subir tipos en un entorno de crecimiento ya frágil. Ninguna de las dos opciones es políticamente sencilla.

La industria de defensa, la otra ganadora del pulso

Mientras los gobiernos hablan de desescalar, los presupuestos militares siguen una trayectoria opuesta. El despliegue de F-22 y F-16 se produce en un contexto en el que el gasto en defensa de EEUU supera ya el 3,5% de su PIB, y en el que la modernización de la flota aérea y de los sistemas de misiles absorbe cientos de miles de millones de dólares en la próxima década.

Cada crisis en el Golfo actúa, de facto, como argumento comercial para los grandes contratistas: más presencia en la región implica más horas de vuelo, más mantenimiento, más repuestos y, a medio plazo, nuevas compras de aparatos y sistemas de armas. Las empresas europeas no son ajenas a esta dinámica: el refuerzo de bases en Grecia, Italia o España como plataformas de apoyo logístico y de inteligencia abre puertas a contratos de infraestructura, ciberseguridad y sistemas de mando y control.

El diagnóstico es inequívoco: mientras la comunidad internacional reclama contención, la lógica presupuestaria recompensa a quienes ofrecen capacidad de proyección militar. “Cada vez que hay una crisis en Ormuz, las acciones de defensa tienen su propio rally”, resume un gestor de fondos especializado en el sector. El contraste con la inversión en transición energética y resiliencia de las cadenas de suministro resulta, una vez más, evidente.

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