Putin eleva la apuesta con el misil Oreshnik en Ucrania
Rusia estrena en un ataque masivo su arma balística más sofisticada y obliga a Kiev y a la OTAN a reescribir sus planes de defensa
Cuando el mundo aún digiere una cascada de crisis simultáneas, Vladímir Putin ha decidido mover una pieza distinta al resto: un ataque masivo contra Ucrania empleando el misil balístico Oreshnik, el sistema más avanzado del arsenal ruso. El mensaje es evidente: no se trata solo de seguir golpeando infraestructuras y ciudades ucranianas, sino de demostrar que Rusia dispone de capacidad de alcance, velocidad y penetración que desborda las defensas actuales de Kiev.
Detrás del lanzamiento hay algo más que puro músculo militar: una escalada calculada para probar los límites de la OTAN, testar la paciencia de Washington y recordar a Europa que el frente bélico puede acercarse, en minutos, a sus fronteras. La cuestión ya no es solo qué es capaz de hacer el Oreshnik, sino hasta dónde está dispuesto el Kremlin a utilizarlo y qué respuesta real pueden articular Ucrania y sus aliados.
Un misil para cambiar las reglas
El Oreshnik no irrumpe de cero en la guerra de Ucrania. Su primera aparición se produjo como una prueba de fuerza: un misil pensado para mostrar capacidades más que para maximizar la destrucción. Lo que cambia ahora es la escala y la intencionalidad. Incorporar el Oreshnik en un ataque masivo, combinado con drones y otros misiles, supone dar un salto cualitativo en la forma de golpear a Ucrania.
Ya no se trata de un ensayo puntual, sino de dejar claro que el sistema está operativo, integrado en la planificación rusa y desplegado como pieza central del arsenal estratégico de Moscú. Para Kiev, esto significa enfrentarse a un tipo de amenaza frente a la que sus defensas actuales tienen poco margen de maniobra. Para la OTAN, implica que un misil de alcance intermedio, con capacidades cuasi hipersónicas, puede operar a distancias que abarcan gran parte del territorio europeo, reabriendo el debate sobre escudos antimisiles, despliegues avanzados y nuevas líneas rojas.
El diagnóstico es inequívoco: la guerra entra en una fase en la que la dimensión tecnológica y el mensaje disuasorio pesan tanto como el daño físico sobre el terreno.
Oreshnik: salto tecnológico y arma de intimidación
Según las descripciones filtradas por fuentes militares, el Oreshnik es un misil balístico de alcance intermedio (IRBM) con un radio estimado de varios miles de kilómetros y una velocidad máxima que se mueve en el rango hipersónico. Está diseñado para transportar cargas convencionales o nucleares, y su gran particularidad es la capacidad de portar una ojiva múltiple MIRV: varias cabezas, cada una con sus propias submuniciones, capaces de atacar objetivos distintos dentro de una misma salva.
Este diseño multiplica el valor del misil en términos de penetración de defensas y capacidad de saturación. Un único lanzamiento puede generar decenas de impactos cinéticos, incluso cuando la carga no sea nuclear, y da lugar a lo que algunos analistas describen como un “efecto casi estratégico” con armamento convencional.
Putin ha presentado el Oreshnik como un símbolo de innovación rusa y como respuesta directa al despliegue de misiles occidentales de mayor alcance en apoyo a Ucrania. En la práctica, se trata tanto de un arma como de una herramienta de intimidación: cada uso en combate va acompañado de un discurso explícito de advertencia a Washington, Londres y Bruselas.
Lo más inquietante es que, al jugar en el límite de lo nuclear sin cruzarlo, el Oreshnik se sitúa en una zona gris donde la respuesta occidental no está claramente definida.
Por qué es tan difícil de frenar
Desde el punto de vista técnico, el Oreshnik combina varias características que complican enormemente su interceptación:
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Alcance extendido, que permite lanzar el misil desde muy atrás en territorio ruso o incluso desde Bielorrusia, donde Moscú ha reforzado su presencia militar.
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Velocidades muy elevadas, que reducen al mínimo el tiempo de reacción de las defensas.
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Trayectorias elevadas y perfiles de vuelo complejos, que pueden situarlo en una franja difícil de cubrir por los sistemas antiaéreos ucranianos.
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Ojivas múltiples y maniobrables, que obligan a los defensores a enfrentarse no a un único blanco, sino a varias cabezas de reentrada.
Ucrania ha logrado resultados notables interceptando misiles de crucero y drones de fabricación iraní, pero carece de interceptores exoatmosféricos avanzados diseñados específicamente para lidiar con amenazas balísticas de medio y largo alcance.
El resultado es un desequilibrio técnico evidente. Kiev puede seguir mitigando el impacto mediante la dispersión de activos, el endurecimiento de infraestructuras críticas y la mejora de la alerta temprana, pero su margen de defensa directa frente al Oreshnik es hoy extremadamente limitado.
Esta asimetría no solo tiene consecuencias militares, sino también psicológicas: ver cómo un arma prácticamente imposible de frenar impacta cerca de la frontera con la UE envía un mensaje directo a la población y a sus aliados.
La jugada de Moscú en el momento más frágil
El momento elegido por Putin no es casual. Mientras las capitales occidentales debaten sobre fatiga de guerra, presupuestos y prioridades internas, el Kremlin busca recuperar la iniciativa con un golpe de efecto que muestre capacidad de escalar cuando el adversario parece dudar.
En los últimos meses, Rusia ha intensificado sus ataques de invierno contra infraestructuras energéticas ucranianas, combinando enjambres de drones con salvas de misiles de distinto tipo. A esa ofensiva se suma ahora el Oreshnik, que actúa como capa superior en una estrategia de erosión progresiva: desgastar la red eléctrica, castigar centros urbanos y demostrar que, pese a las sanciones y las pérdidas de material, Moscú sigue pudiendo innovar y presionar.
El posible despliegue del sistema en Bielorrusia añade un vector más a esta jugada: coloca en el mapa un arma con alcance suficiente para cubrir no solo Ucrania, sino también objetivos en Europa Central. El mensaje implícito es que cualquier debate sobre extender la guerra al interior de Rusia tendrá, tarde o temprano, un espejo en territorio aliado.
Desde el punto de vista interno, el uso del Oreshnik también alimenta la narrativa de fuerza y prestigio tecnológico con la que el Kremlin intenta compensar los costes humanos y económicos de una guerra que se acerca ya a los cuatro años.
Las opciones —limitadas— de Ucrania
Frente a esta nueva amenaza, Ucrania dispone de pocas soluciones mágicas. No es realista pensar que en cuestión de meses pueda desplegar un escudo antimisiles capaz de neutralizar misiles hipersónicos de alcance intermedio. Su margen pasa por una combinación de medidas:
En primer lugar, reforzar y dispersar infraestructuras críticas, desde subestaciones eléctricas hasta centros de mando, reduciendo la vulnerabilidad a impactos puntuales. En segundo lugar, presionar a sus aliados para obtener sistemas de defensa de capa alta —más baterías Patriot, SAMP/T, radares avanzados— que, sin ser la panacea, incrementen el coste para Rusia de cada ataque exitoso.
En paralelo, Kiev intentará seguir explotando su propia ventaja: el uso creativo de drones de largo alcance y municiones de precisión para golpear depósitos, bases aéreas y nodos logísticos en territorio ruso, forzando a Moscú a destinar recursos a su propia defensa. Operaciones que han dañado parte de la aviación estratégica rusa utilizando drones de relativo bajo coste muestran que este camino es posible.
Pero incluso en el mejor de los casos, se trata de contener daños y responder de forma indirecta, no de neutralizar completamente el Oreshnik. En esa asimetría reside buena parte de la inquietud de las últimas horas.
Occidente, entre la escalada y el cansancio
Para Washington, Bruselas y las principales capitales europeas, la nueva andanada con Oreshnik supone una prueba incómoda. Por un lado, confirma que Rusia está dispuesta a usar capacidades cercanas al umbral nuclear para presionar a Ucrania y al resto del continente. Por otro, llega en un momento en que la opinión pública muestra signos de fatiga y los calendarios electorales condicionan las decisiones.
Las opciones sobre la mesa son conocidas: más sistemas de defensa aérea, autorización para el uso de misiles occidentales de mayor alcance sobre territorio ruso, nuevas rondas de sanciones específicas vinculadas al programa de misiles y una aceleración de los planes de refuerzo de la OTAN en el flanco oriental. Pero cada paso conlleva riesgos de escalada horizontal o vertical que los gobiernos intentan calibrar al milímetro.
Mientras tanto, el despliegue de armas de alcance intermedio en la región reabre debates que parecían enterrados: desde el futuro de los tratados de control de armamento hasta la conveniencia de desplegar en Europa sistemas equivalentes para restaurar un cierto equilibrio.
La paradoja es evidente: cuanto más se generalizan este tipo de armas, más crece el riesgo de errores de cálculo que nadie puede permitirse.
De la trinchera al mercado: los riesgos de un conflicto desbordado
La pregunta que sobrevuela cada nuevo ataque ruso es si nos acercamos a una “guerra total”, o al menos a una fase del conflicto con impacto mucho más amplio. El uso del Oreshnik alimenta esa percepción. Cada lanzamiento que surca el cielo ucraniano tiene eco inmediato en:
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Mercados energéticos, sensibles a cualquier golpe que pueda afectar al suministro de gas y petróleo o a la infraestructura de tránsito en la región.
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Primas de riesgo soberano en países de Europa del Este, donde el despliegue de misiles de medio alcance se traduce en un aumento del coste de financiación.
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Flujos migratorios potenciales, si los ataques sobre infraestructuras civiles se intensifican y obligan a nuevos desplazamientos masivos.
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Percepción de seguridad empresarial, especialmente entre compañías con cadenas de suministro expuestas a Europa Central y del Este.
La consecuencia es un mundo en el que la línea entre frente y retaguardia se difumina. El Oreshnik no solo impacta en un punto concreto de Ucrania: golpea también la confianza, la inversión y la sensación de estabilidad a miles de kilómetros.
Lo que hoy parece una cuestión de estrategia militar puede convertirse mañana en un shock económico y político para el que ni mercados ni instituciones están plenamente preparados.
