EEUU arranca 2026 en positivo pero casi sin crear empleo, Dow Jones rebota a los 49,597 puntos
La mayor economía del mundo ha empezado 2026 con el pie derecho, pero sin margen para la complacencia. El índice de actividad de servicios del Institute for Supply Management (ISM) se mantuvo en 53,8 puntos en enero, encadenando 19 meses por encima del umbral de 50 que separa expansión de contracción. El Dow Jones reaccionó con subidas cercanas al 0,7%, mientras el S&P 500 apenas se movía y el Nasdaq seguía en rojo, presionado por las tecnológicas. Bajo esa superficie, sin embargo, emergen señales inquietantes: el empleo apenas crece, las hipotecas se hunden y las empresas siguen atrapadas entre aranceles elevados y el reto de integrar la inteligencia artificial.
“Todavía es lento, pero somos más optimistas”, resumen los directivos consultados por el ISM. El matiz es importante: la economía no está en crisis, pero tampoco luce un vigor acorde con la aparente solidez de los indicadores de actividad.
Servicios en expansión, pero sin euforia
El dato de 53,8 puntos en el ISM de servicios significa que el sector más grande de la economía —banca, comercio, restauración, turismo, sanidad, logística— sigue creciendo. No es un ritmo espectacular, pero sí suficiente para alejar, por ahora, el fantasma de la recesión. El índice se mantiene además por encima del PMI de servicios de S&P Global, que subió levemente de 52,5 a 52,7 puntos, reforzando la idea de que la economía doméstica sigue generando demanda.
Directivos del sector financiero y comercial describen un entorno de “actividad estable”, sin grandes sobresaltos pero con poca tracción para despegar. El mensaje es de resistencia, no de euforia. Tras un 2025 marcado por la subida de tipos, la incertidumbre política y los sustos bursátiles, los servicios parecen haber encontrado un punto de equilibrio frágil.
Este hecho revela un matiz clave: el crecimiento actual se apoya en un consumo que aguanta y en unos servicios corporativos que no se han desplomado, pero el margen de mejora es limitado si no se despejan dos nubarrones: la inflación persistente y la amenaza de nuevos aranceles desde la Casa Blanca.
Pedidos al alza y un empleo que sigue renqueante
La mejor noticia del informe del ISM está en los nuevos pedidos, indicador adelantado de ventas futuras, que encadenan ocho meses consecutivos al alza. Las empresas no hablan de una avalancha de contratos, pero sí de una cartera que se regenera de forma razonable. Si la tendencia se mantiene, el crecimiento de servicios podría incluso acelerarse en la segunda mitad del año.
Más preocupante es el comportamiento del empleo. El subíndice de contratación mejoró por segundo mes consecutivo, después de un verano y un otoño flojos. Sin embargo, las cifras de ADP muestran que el sector privado sólo añadió 22.000 puestos de trabajo en enero, menos de la mitad de los 45.000 que esperaba el consenso. En todo 2025, la creación de empleo privado se quedó en 398.000 plazas, frente a las 771.000 de 2024.
La consecuencia es clara: la actividad crece, pero lo hace sin generar demasiado empleo neto, lo que limita el impulso del consumo y deja al mercado laboral en una situación delicada. Las empresas prefieren exprimir la productividad y contener plantillas antes que embarcarse en nuevas rondas de contratación.
La sombra de los aranceles y la factura de la inflación
Otro punto de fricción aparece en el componente de precios pagados del ISM, que repuntó ligeramente e indica que las empresas siguen soportando presiones de costes. La inflación general ha cedido desde los máximos de 2022, pero se mantiene por encima del objetivo de la Reserva Federal, y sectores como servicios, transporte y alimentación acumulan subidas difíciles de revertir.
Lo que más preocupa ahora a los directivos encuestados no es tanto el nivel actual de precios como la combinación de aranceles altos y amenazas constantes de nuevas medidas comerciales desde la Administración Trump. El propio presidente del comité del ISM reconoce que aumentan los comentarios sobre el impacto de los aranceles en los contratos anuales y en la planificación de inversiones.
En un entorno de márgenes ajustados, cualquier subida de costes de importación se traslada con rapidez a los precios finales o a recortes de inversión. El resultado es un círculo vicioso en el que las empresas retrasan decisiones por miedo a cambios repentinos en la política comercial, lo que frena el potencial de crecimiento incluso cuando la demanda subyacente está ahí.
Tecnología bajo presión y rotación en Wall Street
Mientras los servicios aguantan, los mercados financieros siguen ajustando cuentas con la tecnología. La jornada del miércoles volvió a mostrar una rotación clara desde los grandes nombres del Nasdaq hacia sectores más defensivos, pese a que el Dow Jones llegó a subir en torno a un 0,7% hasta rozar los 49.600 puntos.
La debilidad de la víspera en gigantes como Microsoft, Meta, Apple o Nvidia, con caídas de entre el 2% y el 3%, dejó huella en el ánimo inversor. El martes ya se habían borrado alrededor de 285.000 millones de dólares de capitalización en el sector tras nuevas noticias sobre avances de Anthropic en automatización con IA, percibidos como amenaza directa a muchos modelos de negocio tradicionales.
El miércoles, AMD volvió a ser el epicentro del nerviosismo: pese a presentar unos resultados trimestrales mejores de lo esperado, el mercado castigó una guía más prudente para el primer trimestre en plena carrera por el hardware de inteligencia artificial. El título llegó a caer más de un 15% en la sesión, arrastrando al conjunto de semiconductores. El contraste es llamativo: la economía real aguanta el tipo, pero la bolsa sigue recalibrando cuánto vale realmente la promesa de la IA.
El mercado laboral enfría el entusiasmo
Los datos de ADP y de solicitudes hipotecarias han actuado como freno al optimismo. Además del pobre incremento de 22.000 empleos en enero, el organismo revisó a la baja la cifra de diciembre, de 41.000 a 37.000, reforzando la idea de una desaceleración continuada en la capacidad de la economía para generar puestos de trabajo.
En paralelo, las solicitudes de hipoteca cayeron un 8,9% en la última semana de enero, tras otro descenso del 8,5% la semana anterior. Las peticiones para compra de vivienda se hundieron un 14%, y las de refinanciación retrocedieron un 5%, reflejando el impacto de unos tipos aún elevados y de precios inmobiliarios que se resisten a corregir.
Para los hogares, la combinación de empleo que crece muy poco, salarios que avanzan al 4,5% anual para quienes se quedan en su puesto y al 6,4% para los que cambian de trabajo, y crédito más caro supone un lastre evidente para el consumo. El riesgo no es tanto una recesión inmediata como una prolongación de esta fase de crecimiento tibio, incapaz de mejorar de forma clara el bienestar de amplias capas de la población.
Crédito más caro y la Fed en el retrovisor
La Reserva Federal ha recortado los tipos de interés varias veces desde el otoño, intentando encontrar un equilibrio entre control de inflación y soporte al crecimiento. Aun así, el coste del crédito sigue siendo elevado en comparación con la década anterior: las empresas pagan más por financiarse, los hogares ven cómo las hipotecas y los préstamos al consumo se encarecen y el Estado afronta una factura de intereses creciente sobre una deuda pública que ronda el 120% del PIB.
En este contexto, el mercado espera nuevos recortes a lo largo de 2026, pero la Fed insiste en que dependerán de los datos. Si la inflación se estanca por encima del objetivo, el banco central podría optar por mantener los tipos altos durante más tiempo, lo que tensionaría aún más el inmobiliario y el crédito al consumo. Si, por el contrario, los precios ceden con claridad, se abriría espacio para acelerar la relajación monetaria y aliviar parte de la presión sobre empresas y familias.
Para los servicios, que dependen en gran medida del crédito al consumo y de la inversión empresarial, la trayectoria de la Fed será tan importante como el comportamiento del propio ISM.
Qué esperan empresas y economistas para 2026
Pese a las sombras, el consenso entre economistas y directivos sigue siendo moderadamente optimista. Analistas como Ben Ayers, de Nationwide, anticipan que “tras un arranque más bien contenido, el crecimiento del sector servicios se acelerará a lo largo de 2026 conforme se reduzca la incertidumbre y repunte la actividad económica”. Esa visión descansa en tres supuestos: que la Casa Blanca rebaje la retórica arancelaria, que la Fed continúe recortando tipos sin reavivar la inflación y que la adopción de la IA se traduzca en ganancias de productividad, no en una destrucción de confianza.
Las empresas, por su parte, parecen resignadas a navegar un entorno complejo: crecimiento razonable pero no brillante, costes todavía altos, clientes prudentes y un horizonte político cargado de incógnitas. En las encuestas del ISM abundan expresiones como “consistentes”, “lentos” o “más optimistas que hace unos meses”, pero nadie habla de boom.
El diagnóstico es claro: la economía estadounidense ha esquivado, de momento, los peores temores de recesión, pero no ha logrado aún encender un motor de crecimiento robusto y sostenible. 2026 se perfila como el año en que se sabrá si este “aterrizaje suave” termina en una nueva fase de expansión o en un estancamiento prolongado en el que los titulares de expansión esconden una realidad mucho menos confortable en la calle.

