Jueves Negro en Wall Street: Dow Jones cae 400 puntos y la plata se desploma un 7%

El fallo en una subasta del Tesoro dispara las rentabilidades, hunde la plata un 7% y desata dudas sobre la capacidad de Estados Unidos para financiar su déficit sin castigar a los mercados

Gráfico que ilustra la caída del Dow Jones durante la jornada marcada por la débil subasta de deuda del Tesoro estadounidense.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Jueves Negro en Wall Street: Dow Jones cae 400 puntos y la plata se desploma un 7%

La jornada del jueves 12 de febrero de 2026 quedará marcada como un aviso serio para Wall Street.
El Dow Jones llegó a ceder más de 400 puntos en una sola sesión, en un movimiento que arrastró al resto de índices y activó ventas masivas en valores de crecimiento.
En paralelo, la plata se desplomó alrededor de un 7% en cuestión de horas, y el oro también giró a la baja pese a su papel tradicional como refugio.
Detrás de esta combinación explosiva no hubo un dato macro ni un conflicto geopolítico, sino algo aparentemente rutinario: una subasta de deuda del Tesoro estadounidense que salió mal.

Un jueves de vértigo para el Dow Jones

Los números de la sesión hablan por sí solos. El Dow Jones perdió unos 400 puntos, en torno a un 0,8%–1% en términos porcentuales, pero la sensación de mercado fue de caída mucho más profunda. El S&P 500 firmó descensos de alrededor del 1,5%, con más de dos tercios de sus componentes en negativo, y el Nasdaq sufrió fuertes ventas en tecnológicas de alto crecimiento, muy sensibles al coste del dinero.

La fotografía intradía fue aún más reveladora: la sesión comenzó en verde y con aparente tranquilidad, pero la publicación de los resultados de la subasta de deuda del Tesoro provocó un giro en V. A partir de ese momento, las órdenes de venta se multiplicaron, se activaron stops automáticos y los índices cayeron de forma escalonada hasta el cierre.

Ver el gráfico de la caída del Dow Jones durante la jornada deja una imagen nítida: un mercado que, en cuestión de minutos, pasa de la calma a un modo de “riesgo fuera” generalizado. Lo más grave no fue la magnitud del descenso, sino la rapidez con la que se contagió a sectores que, en teoría, deberían estar protegidos ante un simple tropiezo técnico del Tesoro.

La subasta que salió mal: un síntoma de desconfianza

La pieza central del día fue una subasta de deuda del Tesoro estadounidense que registró una demanda claramente por debajo de lo habitual. En términos técnicos, el ratio de cobertura se situó muy por debajo de la media reciente y la subasta se cerró con un tail significativo, obligando al Tesoro a ofrecer tipos más altos de los que marcaba el mercado secundario minutos antes.

Traducido: Estados Unidos tuvo que pagar más para colocar su propia deuda. Y cuando el emisor considerado más seguro del planeta se ve obligado a subir el precio para atraer compradores, el mensaje para los inversores es inequívoco. No se trata de que no haya dinero, sino de que los grandes fondos están empezando a exigir más rentabilidad para seguir financiando un déficit que lleva años disparado.

Este hecho revela al menos dos preocupaciones. Por un lado, el temor a que el volumen de emisiones previsto para 2026 y 2027, con un Tesoro obligado a refinanciar vencimientos crecientes, sature la capacidad de absorción del mercado. Por otro, la duda sobre cuánto margen real tiene la Reserva Federal para bajar tipos si las subastas siguen encontrando resistencias. El resultado inmediato fue un repunte de las rentabilidades y una revisión al alza del “suelo” de tipos exigido por los inversores.

Cómo una subasta de bonos hunde a las tecnológicas

La reacción de la bolsa no es un capricho. Cuando suben las rentabilidades de la deuda pública, sube el tipo libre de riesgo que utilizan los analistas para descontar los flujos de caja futuros de las empresas. Y pocas compañías sufren tanto como las tecnológicas y las de crecimiento, cuyo valor depende en gran medida de beneficios que se esperan dentro de 5, 10 o 15 años.

En la sesión del jueves, muchos modelos de valoración quedaron, literalmente, desactualizados en cuestión de horas. Un aumento de apenas 15–20 puntos básicos en la deuda a largo plazo puede parecer anecdótico, pero aplicado a grandes múltiplos de PER convierte valoraciones “tolerables” en precios excesivos. De ahí que los fondos más expuestos a tecnología y small caps activaran ventas de forma casi automática.

La consecuencia es clara: el coste del capital para las empresas se encarece, tanto vía mercado de bonos como vía exigencia de rentabilidad por parte de los accionistas. Planes de expansión, recompras de acciones y proyectos intensivos en inversión se vuelven más difíciles de justificar. Y, en paralelo, los inversores se preguntan qué pasará con los márgenes si la financiación ya no es tan barata como en la década anterior.

Plata y oro: refugios que también sangran

La otra gran víctima del día fue el mercado de metales preciosos. La plata se desplomó alrededor de un 7%, borrando en unas horas el avance acumulado en varias sesiones anteriores. El oro, aunque con menos dramatismo, sufrió caídas significativas de alrededor del 2%–3%, en un contexto en el que, teóricamente, debería haberse beneficiado del aumento de la aversión al riesgo.

¿Por qué caen los refugios cuando el mercado entra en pánico? La respuesta está en la búsqueda urgente de liquidez. Muchos fondos utilizan oro y plata como activos colaterales o posiciones de diversificación frente a renta variable. Cuando llegan llamadas de margen o se quieren reducir riesgos de forma acelerada, se vende lo que se puede vender rápido, no necesariamente lo que uno querría.

Este episodio recuerda a otros momentos de tensión, como marzo de 2020, cuando la primera reacción ante el shock fue liquidar casi todos los activos líquidos, incluidos los supuestos refugios. La señal para el inversor minorista es incómoda: en mercados extremadamente volátiles, la etiqueta de “activo seguro” depende tanto de los fundamentales como de la mecánica de los flujos y del apalancamiento de los grandes jugadores.

Fiscalidad, inflación y Fed: el cóctel que inquieta al mercado

El fracaso relativo de la subasta llega, además, en un momento delicado. En los próximos días se publicará el dato de inflación de enero, una referencia clave para calibrar la hoja de ruta de la Reserva Federal. Si la inflación subyacente se mantiene por encima del 2,5%–3%, el margen para recortes agresivos de tipos en 2026 se estrecha.

En paralelo, el déficit público estadounidense ronda niveles superiores al 6% del PIB, y la deuda total se aproxima o supera el 120% del PIB, según diversas estimaciones. La combinación de déficit estructural elevado, tipos que se resisten a bajar y una agenda política polarizada hace que cada subasta problemática se interprete como un pequeño referéndum sobre la credibilidad fiscal del país.

“Lo que ayer vimos no fue un simple tropiezo técnico, sino un recordatorio de que el mercado empieza a pasar factura al exceso de deuda”, comentaba un gestor a sus clientes. En este contexto, cualquier sorpresa al alza en inflación o crecimiento puede forzar a la Fed a mantener los tipos altos durante más tiempo, justo lo contrario de lo que desean unas bolsas acostumbradas a una década de dinero casi gratis.

Del parqué a la economía real: quién paga la factura

Aunque la reacción inmediata se mide en puntos de índice y en porcentajes de caída, el impacto potencial va mucho más allá del parqué. Si el Tesoro se ve obligado a ofrecer rentabilidades más altas de forma sostenida, el nuevo nivel de tipos se traslada a:

  • hipotecas más caras,

  • créditos corporativos con cupones más elevados,

  • mayores costes de refinanciación para empresas endeudadas,

  • y mayores exigencias de rentabilidad para proyectos de inversión.

El contraste con los años posteriores a la crisis financiera resulta demoledor: lo que antes se consideraba “normal” —tipos cero o negativos, liquidez abundante— puede estar dando paso a un entorno en el que la disciplina fiscal y la calidad del crédito vuelven a ser factores diferenciales.

Sectores intensivos en capital, como infraestructuras, inmobiliario cotizado o utilities, son particularmente sensibles a este cambio de régimen. A medio plazo, una secuencia de subastas complicadas podría obligar al Gobierno a replantear prioridades de gasto, con efectos sobre inversión pública, defensa, transición energética o programas sociales. La tensión en Wall Street es, en el fondo, el reflejo financiero de un debate político que aún no se ha resuelto.

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