El petróleo sube un 2% por el pulso con Irán
El mercado del crudo vuelve a mirar a Oriente Próximo. El barril de Brent para entrega en abril se encarece alrededor de un 1,8% hasta los 70,32 dólares, mientras que el West Texas Intermediate (WTI) de marzo sube en torno a un 1,9% y ronda los 65,49 dólares, después de que trascendiera que la Administración de Estados Unidos ha estudiado incautar un nuevo petrolero cargado con crudo iraní y haya optado, por ahora, por no hacerlo para evitar un sobresalto mayor en los precios. La subida se suma al repunte de comienzos de semana, cuando las autoridades marítimas estadounidenses pidieron extremar la precaución a los buques que transitan cerca de aguas iraníes, reavivando los temores a incidentes en una zona por la que circula una parte crítica del petróleo mundial. En paralelo, las negociaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán celebradas la semana pasada en Omán se han saldado sin avances tangibles, lo que alimenta el riesgo de una nueva ronda de sanciones y posibles represalias en el Golfo.
Un rebote impulsado por el miedo
La sesión de este miércoles arranca con un patrón claro: los inversores compran petróleo para cubrirse, no porque vean una mejora repentina en los fundamentales. El movimiento se apoya en volúmenes más altos de lo habitual en los futuros de Brent y WTI, lo que indica que no se trata solo de operadores especulativos de muy corto plazo. Vuelven a entrar en juego fondos macro y de «commodity trading advisors» que habían reducido posiciones tras las correcciones de otoño.
En el muy corto plazo, el mensaje que envía el mercado es inequívoco: cualquier titular que sugiera un choque directo entre Washington y Teherán se traduce casi de inmediato en compras de crudo. Las curvas de futuros reflejan una ligera mayor inclinación: los contratos a corto plazo suben más que los de vencimientos lejanos, una señal de que el miedo se concentra en el riesgo de interrupciones puntuales del suministro más que en un cambio estructural de la oferta.
«No estamos ante un rally por crecimiento, sino frente a un rally por miedo. El mercado descuenta un escenario en el que basta un incidente mal gestionado para empujar el barril diez dólares arriba en cuestión de días», resume el responsable de materias primas de una gran gestora europea. Esa percepción explica que, junto al repunte del precio, se disparen también las primas de las opciones de compra (calls) sobre el Brent, un seguro relativamente barato si se compara con el coste potencial de quedarse corto de cobertura en un escenario de escalada.
El Estrecho de Ormuz, el cuello de botella que lo condiciona todo
El nerviosismo del mercado no se entiende sin el mapa. El Estrecho de Ormuz es el auténtico punto crítico de la seguridad energética mundial. Por ese corredor marítimo, de apenas unos 40 kilómetros de ancho en su parte más estrecha, transitan alrededor de 20 millones de barriles diarios de petróleo, el equivalente a cerca de un 20% del consumo global y hasta una cuarta parte del comercio mundial de crudo por vía marítima.
La aritmética es demoledora: cualquier perturbación sostenida —desde minas navales hasta detenciones selectivas de buques— bastaría para reducir de golpe la oferta disponible para refinerías de Asia y Europa. Aunque existen oleoductos alternativos que permiten a países como Arabia Saudí o los Emiratos desviar una parte de sus exportaciones hacia puertos del mar Rojo o el golfo de Omán, su capacidad es limitada: apenas pueden asumir entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios, es decir, poco más de una cuarta parte de los flujos que hoy cruzan Ormuz.
Las autoridades estadounidenses son conscientes de esa fragilidad. De ahí las recientes directrices a los buques que navegan por la zona para que mantengan la mayor distancia posible de aguas iraníes y rechacen abordajes no justificados, al tiempo que se les insta a no ofrecer resistencia física si son finalmente detenidos. En un entorno así, el mero aumento de la percepción de riesgo —aunque el flujo físico de barriles no se haya visto aún alterado— es suficiente para encarecer el transporte, la prima de seguro y, en última instancia, el precio final del crudo.
La presión sobre los petroleros iraníes
El último detonante del movimiento alcista ha sido, sin embargo, político. Según filtraciones recogidas por medios como The Wall Street Journal, la Casa Blanca ha estudiado aplicar al crudo iraní la misma estrategia que ya ensayó con los petroleros que transportaban petróleo venezolano: incautar cargueros sancionados en alta mar para estrangular los ingresos del régimen.
En los últimos meses, Washington ha intensificado la presión sobre la llamada «flota en la sombra», un entramado de buques que navegan con seguros limitados, cambios de bandera y apagones deliberados de sus sistemas de posicionamiento para esquivar las sanciones. Distintos análisis apuntan a que la Administración estadounidense ya ha sancionado a más de una veintena de petroleros vinculados a la red de exportación de crudo iraní y estudia ampliar la campaña.
El problema es que cada paso en esa dirección aumenta el riesgo de represalia. Teherán ha respondido en el pasado con la detención de buques extranjeros en el golfo Pérsico y ha amenazado en repetidas ocasiones con clausurar el paso por Ormuz si se siente «acorralado». Para los mercados, el dilema es evidente: la estrategia de sanciones puede reducir a medio plazo el volumen de exportaciones de Asia hacia destinos como China o India, pero a corto plazo aumenta la probabilidad de un incidente que dispare los precios muy por encima del nivel actual.
«Cuando conviertes los petroleros en piezas de una partida geopolítica, cada barco deja de ser solo un activo físico y se transforma en un potencial casus belli», advierte un analista de riesgo político de una consultora londinense. Para los grandes compradores de crudo, el resultado es una factura más volátil y la necesidad de diversificar aún más sus fuentes de suministro.
Un mercado ya tensionado por otras crisis
El repunte actual llega, además, sobre un mercado que no parte de cero. El año pasado estuvo marcado por la escalada entre Israel e Irán y por una sucesión de ataques y amenazas en distintos puntos del mapa energético, desde el mar Rojo hasta el propio golfo Pérsico. En aquel episodio, el Brent llegó a subir alrededor de 10 dólares en pocos días, hasta rozar los 78 dólares, antes de estabilizarse en la franja de 72-75 dólares una vez se disiparon los temores a un cierre efectivo de Ormuz.
A esa capa de riesgo se suma el efecto de las sanciones sobre el crudo ruso, que han reordenado las rutas comerciales y aumentado la dependencia de los barriles procedentes de Oriente Medio en mercados clave. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras las economías avanzadas intentan ganar tiempo con las reservas estratégicas y las energías alternativas, la realidad es que buena parte del suministro marginal sigue descansando en zonas de alta inestabilidad política.
Por si fuera poco, la alianza OPEP+ ha mantenido durante meses recortes coordinados que han reducido la oferta disponible en unos 1,5-2 millones de barriles diarios frente a la tendencia previa, con Arabia Saudí asumiendo el grueso del ajuste voluntario. La combinación de esos recortes con la incertidumbre geopolítica explica que el mercado se muestre especialmente sensible a cualquier titular relacionado con Reuters y otros grandes proveedores de información financiera sobre movimientos militares o incidentes marítimos.
Inflación, bancos centrales y el bolsillo del consumidor
El repunte del crudo llega en un momento delicado para las economías desarrolladas. Tras dos años de lucha contra una inflación disparada por la energía y los alimentos, los bancos centrales empezaban a vislumbrar la posibilidad de recortar tipos en 2026. Un Brent estabilizado en la franja de 60-65 dólares era compatible con esa narrativa; un barril sostenido por encima de 70 —y con riesgo de saltos bruscos— complica el guion.
Los modelos de varias casas de análisis coinciden en que una subida sostenida de 10 dólares en el precio del petróleo puede añadir entre 0,2 y 0,3 puntos porcentuales a la inflación de la zona euro en un horizonte de doce meses, a través del encarecimiento de los combustibles, el transporte y parte de la cadena alimentaria. Para los bancos centrales, la clave será discernir si el movimiento actual es un sobresalto transitorio o el inicio de una nueva fase de precios altos alimentada por la geopolítica.
Para los consumidores, la traducción es inmediata: carburantes más caros en los surtidores, billetes de avión al alza y mayores costes logísticos para empresas industriales y de distribución. «Lo que hoy empieza como un titular sobre un petrolero en el golfo se convierte en unos céntimos más por litro en la gasolinera y en una presión añadida sobre el poder adquisitivo de los hogares», resume el economista jefe de una entidad española. El riesgo es que esta nueva ola energética llegue cuando aún no se han cerrado las heridas de la anterior crisis de precios.
Lecciones de crisis anteriores en el Golfo
La historia reciente ofrece algunas claves para calibrar el momento actual. En episodios anteriores de tensión en el golfo Pérsico —desde la llamada «guerra de los petroleros» en los años ochenta hasta las detenciones de buques de 2019— el mercado ha tendido a sobrerreaccionar en los primeros compases para después corregir una parte significativa de las subidas una vez quedaba claro que el flujo físico de crudo no se veía dañado de forma sustancial.
Sin embargo, lo más grave para los operadores es que la frecuencia de estos sustos se ha intensificado. A diferencia de otras épocas, en las que las disrupciones eran aisladas, hoy el mercado convive con una sucesión casi ininterrumpida de shocks: guerras regionales, sanciones cruzadas, ciberataques a infraestructuras críticas y amenazas sobre los principales cuellos de botella marítimos. En ese contexto, la capacidad de reacción de los productores con reservas de producción —principalmente en el golfo— se convierte en el último cortafuegos para evitar que los precios se desboquen.
El diagnóstico es inequívoco: el margen de error se ha estrechado. Un fallo de cálculo en Washington o en Teherán, un abordaje mal gestionado o un incidente con víctimas en el estrecho puede precipitar en cuestión de horas una huida hacia activos refugio, una corrección brusca de las bolsas y un salto de dos dígitos en el precio del crudo.
Los escenarios que maneja el mercado
Los grandes participantes del mercado trabajan hoy con tres escenarios de referencia. El primero, y aún considerado el más probable, es el de «ruido controlado»: las tensiones continúan, se producen incidentes aislados, pero ni Agencia Internacional de la Energía ni la Administración de Información Energética de EE UU detectan caídas sostenidas en los flujos que cruzan Ormuz más allá de pequeños desvíos logísticos. En ese caso, el Brent podría estabilizarse en una banda de 70-80 dólares, con episodios puntuales de volatilidad.
El segundo escenario es el de escalada: la Casa Blanca decide finalmente incautar algún petrolero iraní adicional, Teherán responde con detenciones selectivas de buques de países aliados y los seguros marítimos se disparan. Los analistas ven plausible que, en un contexto así, el barril se desplace hacia la zona de 85-90 dólares, especialmente si coincide con interrupciones en otros puntos del mapa energético.
El tercer escenario, más extremo pero no imposible, es el de una amenaza creíble de cierre del estrecho. Informes recientes sitúan el impacto potencial de una interrupción prolongada de Ormuz en precios de tres dígitos, con estimaciones que oscilan entre los 110 y los 130 dólares por barril, dependiendo de la duración y del grado de cooperación de otros productores para compensar la pérdida de oferta. «El verdadero riesgo no es un gran titular aislado, sino un goteo de incidentes que erosione la confianza en la seguridad de suministro y obligue a revalorizar al alza todo el complejo energético», advierte un gestor de materias primas.

