La plata se dispara un 6% y arrastra a los metales
La ‘plata pobre’ se ha convertido en el activo estrella de la sesión. A primera hora de este miércoles, el metal llegó a apreciarse más de un 6%, hasta rozar los 85,9 dólares por onza, en torno a las 12.25 horas (hora peninsular española), en un movimiento que consolida un año de subidas verticales. El repunte llega después de unas ventas minoristas en Estados Unidos que se quedaron prácticamente planas y por debajo de lo previsto, reavivando la idea de una economía que se enfría más rápido de lo que reconoce el propio banco central. Al mismo tiempo, el oro se mantiene por encima de los 5.000 dólares, con alzas cercanas al 1%-2%, mientras que el platino y el paladio avanzan más de un 4% y un 3%, respectivamente.
Un rally que consolida el giro en los metales preciosos
El movimiento de hoy no es un destello aislado. La plata encadena semanas de fuerte revalorización y se ha asentado en una franja de 80-90 dólares por onza, tras haber llegado a superar los 120 dólares en el pico de enero, según estimaciones de mercado. En la sesión de este miércoles, los precios han avanzado en torno a un 6% intradía, mientras el oro subía cerca del 1,8% hasta el entorno de los 5.100 dólares, impulsado por la caída de los rendimientos de la deuda estadounidense y un dólar más débil.
Esta combinación —tipos reales a la baja, dudas sobre el crecimiento y un dólar algo más flojo— es el caldo de cultivo clásico para los metales preciosos. “Cada dato macro que apunta a desaceleración es leído por el mercado como una validación de su apuesta por el refugio en oro y plata”, resume un gestor de materias primas consultado por este diario.
Lo más relevante es que el rally se produce tras una corrección reciente: los precios venían de fuertes caídas a finales de enero, lo que sugiere que el dinero que entra ahora no es solo especulación de corto plazo, sino flujos estructurales de inversores que buscan cobertura ante un escenario de tipos más bajos y volatilidad geopolítica al alza.
Los datos de consumo que han encendido la mecha
El detonante inmediato ha sido el dato de ventas minoristas en Estados Unidos, que mostró un crecimiento cero frente a unas expectativas de avance moderado. A ello se suman revisiones a la baja de meses anteriores, lo que dibuja un consumo más frágil de lo que se creía.
En un contexto normal, unas ventas flat podrían interpretarse como un simple bache. Sin embargo, tras dos años de endurecimiento monetario y con los hogares aún ajustando sus bolsillos a la inflación acumulada, este dato se lee de otra forma: el ciclo de subidas de tipos ha hecho daño y comienza a verse en el comercio minorista, uno de los termómetros más sensibles de la economía real.
La consecuencia inmediata ha sido una caída de los rendimientos del bono del Tesoro a diez años hasta mínimos de casi un mes, abaratando el coste de oportunidad de mantener activos que no ofrecen cupón, como el oro y la plata. “Cada punto básico que cede la rentabilidad del bono se convierte en viento de cola para el oro y, por extensión, para el resto de metales preciosos”, explican en una gran casa de análisis.
Este hecho revela, además, la creciente dependencia de los mercados respecto a los datos de alta frecuencia: una sola cifra mensual de consumo es suficiente para desencadenar movimientos de 5%-6% en activos considerados refugio, algo difícil de imaginar hace apenas unos años.
La Reserva Federal, en el centro del tablero
Todo este movimiento se entiende mejor si se mira al verdadero árbitro del mercado: la Reserva Federal. Los inversores han reorientado sus expectativas y descuentan ya al menos dos recortes de 25 puntos básicos a lo largo de 2026, apoyados en la combinación de inflación moderándose y mercado laboral enfriándose.
El foco inmediato está en los próximos datos de empleo (nonfarm payrolls) y en las nuevas lecturas de inflación. El consenso espera una creación de apenas 70.000 puestos de trabajo mensuales, con una tasa de paro estabilizada en torno al 4,4%, y el riesgo añadido de una revisión a la baja de más de 900.000 empleos creados en el último año, según las cifras preliminares del propio Gobierno estadounidense.
Si esas cifras se confirman o incluso sorprenden a la baja, la lectura será evidente: la Fed dispone de menos margen para mantener los tipos en niveles restrictivos sin comprometer el ciclo económico. Y cada vez que el mercado percibe un giro dovish —más suave— en la política monetaria, los metales preciosos se revalorizan como seguro frente a la devaluación de las divisas fiat.
“El mensaje que recibe el mercado es que la Reserva Federal ha perdido parte de su margen de maniobra, y en ese entorno la demanda de activos reales se dispara”, resume un gestor de renta fija. La plata, por su mayor volatilidad, amplifica ese movimiento al alza.
Un precio de la plata en zona casi inédita
Más allá del ruido diario, la magnitud del movimiento de la plata en el último año es difícil de ignorar. Solo en los últimos doce meses, el precio ha pasado de rondar los 32 dólares por onza a niveles en torno a 85 dólares, lo que supone una revalorización cercana al 170% interanual. En términos de mercado, la plata ha multiplicado por más de tres su cotización en apenas un año.
En el corto plazo, las cifras son igualmente llamativas: en el último mes, el metal ha subido más del 7%, tras un trimestre en el que llegó a tocar máximos de aproximadamente 123 dólares y mínimos en torno a 49 dólares, reflejo de una volatilidad extrema. El contraste con otros episodios históricos, como la burbuja de 2011, resulta demoledor: entonces la plata rozó los 50 dólares; hoy, ese nivel se ha convertido en el suelo del rango reciente.
La consecuencia es clara: el mercado de plata se ha convertido en un activo de riesgo alto camuflado bajo la etiqueta de “refugio”. Para los grandes fondos macro, esa volatilidad es una oportunidad; para el pequeño inversor, un recordatorio de que los movimientos diarios de dos dígitos están cada vez más normalizados en este segmento.
Déficit estructural y fiebre inversora en la ‘plata industrial’
El rally actual no se explica solo por la macro estadounidense. Hay un factor de fondo igual de relevante: la estructura física del mercado. Según el Silver Institute, 2026 será el sexto año consecutivo de déficit en el mercado de plata, con un desequilibrio estimado de 67 millones de onzas entre oferta y demanda.
La demanda industrial —clave en sectores como la fotovoltaica, la electrónica y el automóvil— se moderará alrededor de un 2%, hasta los 650 millones de onzas, presionada por la sustitución parcial en paneles solares y por la ralentización de algunos segmentos industriales. Pero ese enfriamiento se ve más que compensado por el apetito inversor: la inversión física en plata (lingotes y monedas) podría crecer un 20% este año, hasta un máximo de tres años, impulsada por el interés renovado de los mercados occidentales.
En paralelo, la producción mundial solo aumentaría un 1,5%, hasta unos 1.050 millones de onzas, con la minería creciendo un 1% y el reciclaje superando por primera vez desde 2012 los 200 millones de onzas. El diagnóstico es inequívoco: la oferta va por detrás del dinero que entra en el metal. En ese contexto, cualquier shock —un problema logístico, una huelga minera o nuevas restricciones a la exportación— puede actuar como gasolina sobre un mercado ya tensionado.
El contagio al oro, al platino y al paladio
El movimiento de la plata no se entiende sin mirar al oro, que sigue siendo el ancla del complejo de metales preciosos. El metal amarillo se sitúa de nuevo por encima de los 5.000 dólares por onza, con una subida de alrededor del 10% solo en el último mes y de más del 70% en el último año, después de marcar un máximo histórico por encima de 5.600 dólares en enero.
Al mismo tiempo, el platino avanza en la sesión en torno a un 4%-5%, hasta el entorno de los 2.200 dólares, y el paladio repunta más de un 3%, empujados por la mejora de expectativas en el sector del automóvil y por la búsqueda de alternativas dentro del mismo universo de metales. Aunque ambos metales tienen mercados más pequeños y ligados a la industria, su comportamiento tiende a amplificar los movimientos del oro y la plata.
Desde bancos de inversión como Goldman Sachs se apunta, además, a un fenómeno emergente: los gobiernos están acumulando no solo oro, sino también otros metales estratégicos, distorsionando la oferta disponible en el mercado y acentuando la volatilidad de precios. Cuando los Estados tratan los metales como un seguro geopolítico, el mercado deja de ser puramente financiero y pasa a ser también un instrumento de política industrial, advierten los analistas.
Qué implica para España y para los pequeños ahorradores
Para España, el nuevo ciclo alcista de los metales preciosos tiene una doble lectura. Por un lado, beneficia a los inversores que ya tenían posición en oro y plata, especialmente a través de fondos cotizados y productos estructurados, que han visto revalorizaciones superiores al 40%-60% en los últimos doce meses en algunos vehículos especializados. Por otro, tensiona los costes de sectores industriales que utilizan plata como insumo —desde la fotovoltaica hasta ciertos componentes electrónicos—, reduciendo márgenes en plena transición energética.
El contraste con otras economías resulta ilustrativo: mientras en países como Alemania o Suiza el ahorro en metales físicos tiene una larga tradición, en España sigue siendo una fracción minoritaria del patrimonio financiero de los hogares, dominado por depósitos, vivienda y fondos de inversión. La consecuencia es que una parte de los ahorradores llega tarde a los ciclos alcistas y entra, a menudo, en los puntos más calientes del mercado.
En todo caso, los expertos advierten de que la plata, a estos precios, no es un sustituto del ahorro ordinario, sino una pieza más, de alto riesgo, dentro de una cartera diversificada. La memoria reciente del desplome posterior a la burbuja de 2011 sigue muy presente en las gestoras: entonces, muchos pequeños inversores quedaron atrapados tras comprar cerca de máximos.
Escenarios: corrección brusca o nueva burbuja de metales
¿Qué puede pasar ahora? El abanico de escenarios es amplio, pero el mercado se mueve entre dos polos. El primero es el de una corrección brusca si los próximos datos de inflación y empleo obligan a la Reserva Federal a retrasar los recortes de tipos o incluso a mantener un tono más agresivo. En ese caso, un rebote de los rendimientos de la deuda y del dólar podría desencadenar ventas masivas para recoger beneficios tras un año de subidas vertiginosas.
El segundo escenario apunta a una nueva burbuja de metales si se combinan varios factores: debilidad económica persistente, recortes de tipos más rápidos de lo esperado y nuevas tensiones geopolíticas. En ese contexto, el oro podría volver a marcar máximos y la plata, con su volatilidad característica, podría volver a acercarse —o incluso superar— los niveles extremos de enero.
Entre ambos extremos, lo más probable es una fase de elevada volatilidad, con movimientos diarios de varios puntos porcentuales y una creciente participación de algoritmos y fondos cuantitativos que amplifican las oscilaciones. Para los reguladores y bancos centrales, este comportamiento es un termómetro incómodo de la desconfianza latente en las monedas tradicionales. Para los mercados, en cambio, es una señal de que el ciclo de tipos y la geopolítica han devuelto a los metales preciosos al centro del tablero financiero global.

