El oro supera 5.000 dólares tras el órdago de Trump a Irán
El oro ha vuelto a romper todos los registros. El precio del metal refugio se ha disparado un 1,3%, hasta los 5.018,94 dólares por onza, consolidándose por encima de la barrera psicológica de los 5.000 dólares en la apertura de la sesión americana. El movimiento llega horas después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunciase un arancel del 25% a todos los países que continúen comerciando con Irán y advirtiese de que las consecuencias serán “muy severas” si no se alcanza un nuevo acuerdo nuclear con Washington. En paralelo, el envío de una “gran armada” hacia Oriente Medio ha elevado el temor a una escalada militar en el golfo Pérsico. El resultado es un giro brusco hacia los activos defensivos y una nueva sacudida a unos mercados que ya llegaban tensionados por la inflación y los tipos altos.
Un nuevo máximo histórico en un mercado en vilo
El salto del oro por encima de los 5.000 dólares marca un nuevo máximo histórico y consagra un rally que, solo en lo que va de año, acumula revalorizaciones superiores al 20%, según estimaciones de las grandes casas de análisis. El movimiento no es un mero reflejo de volatilidad intradía: es la cristalización de semanas de inquietud geopolítica, dudas sobre el ciclo económico y un progresivo deterioro de la confianza en la estabilidad del sistema internacional.
Lo que ha cambiado en las últimas horas es la intensidad del riesgo. El anuncio de sanciones secundarias contra cualquier país que siga manteniendo vínculos comerciales con Irán introduce un elemento de incertidumbre adicional para grandes economías asiáticas y europeas que todavía mantenían algún canal abierto con Teherán. De repente, el miedo ya no es solo a una guerra lejana, sino a una disrupción directa de cadenas de suministro, flujos energéticos y financiación global. Este hecho revela por qué el oro, más que cualquier otra materia prima, se ha convertido en el termómetro emocional de los mercados.
Arancel del 25%: castigo global al comercio con Irán
El nuevo arancel del 25% es algo más que un gesto de presión diplomática. Se trata de una medida diseñada para forzar un alineamiento casi total con la estrategia de Washington frente a Irán, trasladando el coste de la confrontación al resto del mundo. Países con elevada dependencia de las importaciones energéticas de Teherán, así como empresas que mantienen contratos en sectores como petroquímico, transporte marítimo o infraestructuras, se enfrentan de golpe a un dilema binario: o renunciar a esos negocios o exponerse a sanciones estadounidenses.
La consecuencia es clara: los flujos de comercio asociados a Irán, que algunos organismos cifran en torno a 80.000 millones de dólares anuales, quedarán previsiblemente estrangulados. En paralelo, bancos y aseguradoras internacionales endurecerán sus filtros de cumplimiento, elevando el coste de cualquier operación con riesgo geopolítico. En ese contexto, el oro se percibe como un refugio de último recurso, ajeno a embargos, SWIFT y listas negras. El contraste con otros activos de riesgo, que reaccionan con caídas de entre el 2% y el 4% en las principales bolsas, resulta demoledor y refuerza el papel del metal como seguro ante decisiones políticas imprevisibles.
La “gran armada” y el riesgo de conflicto abierto
Si el arancel es el brazo económico de la estrategia de presión, el anuncio del envío de una “big armada” a Oriente Medio es su brazo militar. La referencia explícita a una fuerza naval significativa en dirección al golfo Pérsico aumenta el riesgo de incidentes en una de las rutas marítimas más sensibles del planeta. El precedente de episodios como los ataques a petroleros o el bloqueo de estrechos estratégicos pesa en la memoria de los inversores.
Lo más grave, desde la óptica de los mercados, no es tanto la posibilidad inmediata de una guerra abierta, como la creciente sensación de que se están cruzando líneas rojas difíciles de revertir. Cada nuevo portaaviones, cada escuadrilla aérea, cada sistema de defensa antimisiles desplazado a la región alimenta el temor a un error de cálculo que dispare el conflicto. En ese escenario, el oro no solo actúa como activo defensivo, sino como una apuesta directa contra el statu quo. El diagnóstico es inequívoco: el riesgo geopolítico se ha convertido en un factor de precio tan relevante como los tipos de interés o la inflación.
Oro, plata, platino y paladio: la fotografía del refugio
La sesión deja además una fotografía muy nítida por metales. Mientras el oro sube un 1,3% hasta 5.018,94 dólares, la plata se dispara un 3,93%, hasta 80,49 dólares por onza, en un movimiento que tradicionalmente combina componente refugio con expectativas de demanda industrial. Este doble perfil convierte al metal blanco en un termómetro adelantado del miedo a disrupciones en sectores como electrónica, solar o automoción.
En cambio, platino y paladio retroceden un 1,41% y un 1,14%, respectivamente, con precios en torno a 2.070,10 y 1.674,42 dólares por onza. La divergencia revela que el mercado está descontando, al menos de momento, un escenario de tensión financiera más que un colapso generalizado de la actividad productiva. Sin embargo, si las amenazas se traducen en sanciones ampliadas o en cortes de suministro energético, no puede descartarse un giro brusco: el efecto dominó sobre la industria del automóvil, ya presionada por la transición eléctrica, podría reconfigurar la demanda de estos metales en cuestión de meses.
Impacto para Europa y los bancos centrales
Europa se encuentra de nuevo en una posición incómoda. Por un lado, la dependencia del paraguas de seguridad de Estados Unidos limita el margen de maniobra político. Por otro, la exposición de sus empresas energéticas, logísticas y financieras a la región hace que cualquier escalada tenga un coste directo sobre el PIB del bloque. No es casual que, según cálculos de mercado, cerca del 45% de las compras oficiales de oro en los últimos dos años procedan de bancos centrales fuera del eje dólar-euro, que buscan reducir su vulnerabilidad a sanciones.
El contraste con la eurozona resulta preocupante. Mientras varias economías emergentes han incrementado sus reservas de oro en más de un 30% desde 2020, el ritmo de acumulación europeo es mucho más moderado. Este hecho revela una brecha estratégica: en un mundo donde las sanciones financieras se utilizan como arma de política exterior, depender casi en exclusiva de activos denominados en dólares puede convertirse en una fragilidad estructural. El repunte actual del oro reabre el debate en Frankfurt y en varias capitales europeas sobre el papel del metal en la arquitectura monetaria futura.
El precedente de otras crisis: de 1979 a Irak
La reacción del oro ante las tensiones con Irán encaja en una larga serie histórica. Durante la crisis de los rehenes de 1979, el metal multiplicó por tres su valor en apenas dos años, impulsado por la combinación de inflación, inestabilidad política y miedo a un choque energético global. De forma similar, en la invasión de Irak de 2003, el oro actuó como activo refugio, aunque con un impacto más limitado por el diferente contexto monetario.
Lo que distingue el episodio actual es la concentración simultánea de riesgos: inflación aún por encima de los objetivos del 2% en muchas economías avanzadas, tipos de interés en máximos de dos décadas y un uso mucho más agresivo de las sanciones financieras como herramienta de política exterior. El diagnóstico es inequívoco: cualquier chispa geopolítica tiene hoy un potencial multiplicador mayor sobre los precios de los activos. La consecuencia es clara para los gestores de carteras: la asignación estratégica a oro y otros refugios ya no es una opción táctica, sino un componente estructural de la gestión del riesgo.

